EL MOVIMIENTO DE CURSILLOS DE CRISTIANDAD: UNA ESPIRITUALIDAD CRISTOCÉNTRICA Y PAULINA

XVI Encuentro Interamericano

Grupo Latinoamericano de Cursillos de Cristiandad

Talca – Chile. 12-15 de octubre de 2017

 

INTRODUCCIÓN

 Saludo

Un saludo cordial a los hermanos en el episcopado, a los dirigentes y consiliarios, a todos los hermanos y hermanas cursillistas que participáis en este XVI Encuentro Interamericano, en Talca. Mi nombre es José Ángel Saiz Meneses, obispo de Terrassa, España. A la edad de 17 años hice mi Cursillo de Cristiandad en Barcelona y desde entonces he formado parte del Movimiento de Cursillos de Cristiandad como militante, dirigente y consiliario. Recientemente he sido nombrado Consiliario Nacional del MCC de España. Agradezco al Grupo Latinoamericano la invitación a participar en este Encuentro, en particular a su Presidente, Felipe Vanososte, y a su Asesor Espiritual, P. Ángel Yván Rodríguez.

Orígenes del Movimiento de Cursillos de Cristiandad

El Movimiento de Cursillos de Cristiandad es un carisma que el Espíritu Santo ha suscitado en orden a la edificación de la Iglesia y a la evangelización del mundo. Surgió en Mallorca en la década de los años 40 del siglo pasado a partir de la preparación de una peregrinación de los Jóvenes de Acción Católica a Santiago de Compostela. Dicha peregrinación tuvo lugar en el mes de agosto de 1948 y el año próximo se cumplirán 70 años.

Nació en una época de cierto florecimiento en la práctica religiosa, pero que adolecía de la correspondiente interiorización de la fe así como del aporte de un testimonio de vida más eficaz. En esa tesitura surge un grupo de jóvenes de Acción Católica en Mallorca que señala tanto la falta de coherencia como la falta de vitalidad.

La peregrinación a Santiago de Compostela será el factor que activará y aglutinará aquel caudal de energías. Las actividades preparatorias, la realización de la peregrinación y la perspectiva de futuro que se abre al regresar, propiciarán el nacimiento del Cursillo de Cristiandad y del Movimiento de Cursillos de Cristiandad: un método y un movimiento de evangelización que se sitúan en la proclamación del kerigma, y que tienen como nota específica la evangelización de los ambientes.

El Estatuto del Organismo Mundial del Movimiento de Cursillos de Cristiandad (OMCC) recoge que “de este grupo de iniciadores tuvieron parte muy importante sobre todo laicos guiados por Eduardo Bonnín Aguiló, además de varios pastores, entre los que se encontraban el entonces Obispo de Mallorca, Mons. Juan Hervás Benet, y el sacerdote Mons. Sebastián Gayá Riera”.

Espiritualidad cristiana

Preguntémonos, en primer lugar, qué es la espiritualidad cristiana. La espiritualidad cristiana[1] es una visión global de toda la realidad, de todo lo que existe: Dios, el ser humano, el mundo y la historia. Es como un sistema formado por múltiples elementos articulados según una cierta coherencia, que se traduce en una manera de vivir. Esta visión y esta forma de vivir provienen de Dios y se fundamentan en la manifestación de Dios, que llega a plenitud en Jesucristo y en la efusión del Espíritu Santo. La espiritualidad cristiana es, en definitiva, una vida en el Espíritu.

La espiritualidad cristiana estudia también la acción del Espíritu Santo que mueve a los hombres para configurarlos a Cristo, de manera que vivan como hijos del Padre. La espiritualidad cristiana es una, como una es la llamada a la santidad o los medios fundamentales para crecer en ella: sacramentos, liturgia, oración, ejercicio de las virtudes, etc. Puede haber diversidad de espiritualidades según la diferente condición de las personas y según la diferente vocación que reciben, por eso se puede distinguir una espiritualidad común y unas espiritualidades determinadas. Se puede hablar de espiritualidades de época (primitiva, patrística, medieval, moderna); de espiritualidades de estados de vida (laical, sacerdotal, religiosa); espiritualidades según las dedicaciones fundamentales de vida (contemplativa, misionera, apostólica, familiar, asistencial, etc); o espiritualidades según características de escuela (benedictina, franciscana, dominicana, carmelitana, ignaciana, etc.). Que haya diversas espiritualidades cristianas es lógico y conveniente, pero se debe saber priorizar en cuanto a los diferentes elementos que las componen distinguiendo lo esencial de lo accidental.

El MCC es un movimiento de evangelización cuyos miembros se sienten llamados al apostolado. Por tanto, desde esa misión y desde nuestra esencia y nuestra historia hemos de articular los elementos de espiritualidad.

Vamos a desarrollar esta ponencia en tres apartados: en primer lugar, lo fundamental cristiano; en segundo lugar, fermentar de evangelio los ambientes; por último, una espiritualidad cristocéntrica y paulina.

 

I. LO FUNDAMENTAL  CRISTIANO

Para adentrarnos en los elementos de la espiritualidad del MCC, lo mejor es recordar la descripción del carisma de Cursillos:

“El carisma de Cursillos es un don que el Espíritu Santo derrama en su Iglesia, que conforma una mentalidad e impulsa un movimiento eclesial, que, mediante un método kerigmático propio, posibilita la vivencia y la convivencia de lo fundamental cristiano, ayuda a descubrir y a realizar la propia vocación personal, y promueve grupos de cristianos que fermenten de evangelio los ambientes, a través de la amistad”[2].

  1. Definición de «lo fundamental cristiano»

Para aproximarnos a la espiritualidad del MCC conviene que, en primer lugar, nos preguntemos qué es exactamente lo fundamental cristiano. No es una pregunta nueva; está formulada en la segunda redacción de Ideas Fundamentales del Movimiento de Cursillos de Cristiandad[3]. Los diferentes enfoques propiciaron respuestas variadas que están recogidas en la nota 22: A veces, la visión de lo fundamental cristiano estuvo en el triple amor de Mt 22,36ss.: amor a Dios, a uno mismo y amor al prójimo como a uno mismo; a veces, en el bautismo que, con su acción transformante y configuradora injerta al bautizado en Cristo y lo hace partícipe de su triple misión: sacerdotal, profética y real; a veces, en vivir la gracia que, por ser la participación en la vida de Dios, es siempre creadora de una nueva existencia en nosotros, algo así como un nuevo principio vital en nosotros y de nosotros; a veces, en vivir el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia. Algunos autores, fundieron o interrelacionaron estos cuatro enfoques de lo fundamental cristiano.

En la actualidad, “el MCC entiende que lo fundamental cristiano[4] radica en:

  • Jesucristo, lo esencial, lo fundamental, expresión del amor personal de Dios. Es en Cristo donde el hombre tiene el encuentro con Dios Padre en el Espíritu. La vida cristiana no es sino la vida nueva que resulta del encuentro con Cristo.
  • La Gracia, don de Dios en Cristo que se ofrece a cada persona en plenitud, para vivir en comunión con Él. En la Gracia se realiza toda conversión, todo encuentro con Dios, toda comunidad cristiana. Aparece como eje sistematizador de toda la vida cristiana.
  • La fe, respuesta del hombre a Dios revelado en Cristo, respuesta de amor a un requerimiento personal que entusiasma y mueve al seguimiento. La fe es el “sí” existencial del hombre a Dios e implica el conocimiento, la confianza, la acogida al plan personal de Dios para cada uno, que se traduce en camino de seguimiento y comunidad.
  • La Iglesia, como lugar en el que se encuentra a Cristo, y en Cristo al Padre, como espacio en el que ser cristiano. El encuentro con Cristo, la vida de gracia, el camino de la fe… todo ello se vive en la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, sacramento universal de salvación en el que Cristo manifiesta y realiza el misterio de amor de Dios hacia la humanidad.

Lo fundamental cristiano hunde sus raíces en el misterio cristiano y procede del mismo, del misterio escondido de Dios. Pero Dios ha salido al encuentro del ser humano y se ha manifestado en la persona de Cristo. La verdad profunda acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta especialmente por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación.

 

  1. Movimiento de Cursillos de Cristiandad y Espiritualidad litúrgica

El misterio de Cristo se manifiesta y se comunica con toda su fuerza especialmente en la liturgia. Por eso toda espiritualidad cristiana está fundamentada en la liturgia, como señala la Constitución Sacrosanctum Concilium,

“Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, (…) sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt 18,20)”[5].

Monseñor Juan Hervás, obispo iniciador de los Cursillos de Cristiandad, participó en el Concilio Vaticano II y fue miembro de la Comisión Preparatoria de la Sagrada Liturgia. A la vuelta de la primera fase del Concilio escribió un libro, Interrogantes y problemas de los Cursillos de Cristiandad, datado el 2 de julio de 1963, después de haber recibido las consultas y el interés de más de cien obispos e innumerables sacerdotes, religiosos y seglares, durante las jornadas transcurridas en Roma. El capítulo cuarto de dicho libro lleva por título Espiritualidad del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, y en él aborda la cuestión por las consecuencias prácticas que tiene “sobre todo para el poscursillo: para afianzamiento de la perseverancia de los cursillistas y continuación progresiva de su formación; para su incorporación fácil y espontánea a la comunidad eclesial y para utilización adecuada de su acción colaboradora del apostolado jerárquico, en el cuadro de un plan pastoral”[6].

A partir de unas palabras de san Juan XXIII, que había señalado como finalidad del Concilio sobre todo “renovar en su valor y esplendor la substancia del pensar y del vivir humano y cristiano, del que la Iglesia es depositaria y maestra por los siglos”[7], hace un recorrido por el Magisterio de diferentes Romanos Pontífices, teólogos, liturgistas, maestros de espiritualidad, y de los propios fieles, para llegar a la siguiente conclusión:

“Si recordamos que la finalidad suprema del Concilio Ecuménico Vaticano II no es otra que renovar en todo su valor y esplendor la sustancia del pensar y del vivir humano y cristiano, y tenemos presente que los Cursillos de Cristiandad no son más que la vivencia de lo fundamental cristiano, fácilmente se comprenderá por qué hemos llegado a la íntima persuasión de que el fruto principal y más profundo del Concilio Vaticano II se centrará en la vida litúrgica del pueblo cristiano y que la espiritualidad de los Cursillos de Cristiandad coincide con la espiritualidad de la sagrada Liturgia, en la que encontrarán los cursillistas el mejor alimento y estímulo para sus ansias de profunda y auténtica vida cristiana y para su irradiación apostólica, como miembros vivos, conscientes, activos y eficaces del Cuerpo Místico de Cristo”[8].

Más adelante repite la misma idea y concluye con la afirmación de que la espiritualidad litúrgica es la espiritualidad de la Iglesia:

“Si el fruto del Concilio Ecuménico ha de ser, principalmente, un nuevo florecimiento o renovación de la sustancia del pensar y vivir cristiano; si el fruto que se saca de los Cursillos de Cristiandad es la vivencia de lo fundamental cristiano y la entrega incondicional del hombre para vivirlo con decisión, una y otra cosa se encuentra en la espiritualidad litúrgica, la cual no es esta o aquella espiritualidad, sino la propia espiritualidad oficial de la Iglesia”[9].

Al final del capítulo recapitula a modo de conclusión:

“Si quiere creernos, le rogamos admita que la espiritualidad del movimiento de Cursillos de Cristiandad se conforma providencialmente con la espiritualidad del movimiento litúrgico; y que el mejor medio, a nuestro juicio, que un pastor de almas y unos buenos líderes o militantes salidos de los Cursillos pueden tener a su alcance para mantener su estado de gracia consciente y creciente, para una irradiación apostólica eficaz y para una propagación maravillosa del Evangelio, será conocer a fondo las inagotables riquezas de la sagrada Liturgia y vivirla íntegra e intensamente en los variados elementos, de valor siempre perenne que la Iglesia emplea, los cuales, desgraciadamente, han llegado a ser, para la inmensa mayoría de los cristianos, prácticas totalmente rutinarias y sin vida”[10].

 

  1. Conocer y vivir las inagotables riquezas de la Liturgia

La conclusión a la que llega Mons. Hervás es clara y contundente: Para vivir en gracia y para una llevar a cabo un apostolado eficaz, es preciso conocer a fondo las inagotables riquezas de la Liturgia y vivirla íntegra e intensamente.

El Concilio Vaticano II en su Constitución Sacrosanctum Concilium nos ofrece dos afirmaciones básicas:[11] la primera, que “con razón se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo”; la segunda, que “para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica”. Desde el primer momento, la Constitución se deja llevar por la lógica de la Redención: “Esta obra de la Redención humana y de la perfecta glorificación de Dios […] la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión”.[12]

El cursillista, cristiano del siglo XXI, ha de ser un hombre de profunda espiritualidad, de una vida espiritual intensa y de clara identidad. Será en la Liturgia donde encontrará su mejor escuela de discernimiento.[13] En la legítima variedad de espiritualidades, debemos recordar que nuestro espíritu crece en la medida que se encuentra con Cristo por medio de su gracia santificante y que actúa lo que vive por medio de un empeño absolutamente personal para mantenerse en el Don del encuentro con su Señor. Como prometió Jesucristo: «Si perseveráis hasta el final, salvareis vuestras almas» (Lc 21,5).

Por decirlo con una expresión que se ha vuelto clásica: «El Misterio pascual se experimenta viviéndolo».[14] Traduciéndolo a la espiritualidad: «la espiritualidad se experimenta celebrando los sacramentos, confesando la fe de la Iglesia, amando a la bienaventurada Virgen María, cultivando la vida de oración, empeñándose en el trabajo, coordinando la acción caritativa y social de la Iglesia, y el apostolado». Liturgia, espiritualidad y apostolado se encuentran en la vida de todo cristiano, y debe poderse vivir de manera integrada, gracias a la caridad de Cristo, que nos urge a la misión, así como a la más sumida contemplación. Y esta síntesis procede de la misma liturgia de la santa Madre Iglesia[15].

 

 II. FERMENTAR DE EVANGELIO LOS AMBIENTES

«¡Ay de mí, si no evangelizare!» (1Cor 9, 16)

El título de esta ponencia habla de espiritualidad cristocéntrica y paulina.[16] Vamos a adentrarnos ahora en la figura de san Pablo distribuyendo su vida y pensamiento en tres partes: el encuentro con Cristo, que dio una nueva orientación a su existencia; la nueva vida en Cristo que comienza en ese momento, y la misión apostólica que le es encomendada.

 

  1. «¿Acaso no he visto a Jesucristo, nuestro Señor?» (1Cor 9,2): el encuentro con Cristo

Pablo, hijo de colonos judíos, nació en Tarso, ciudad importante de la cuenca mediterránea, en la actual Turquía. A caballo entre dos mundos, el judío y el helenístico,[17] tuvo la oportunidad de formarse en la escuela de Gamaliel, según san Lucas, y mantuvo un espíritu ferviente y celoso en su religión.[18] Dicho ímpetu le llevó a la persecución de la Iglesia apostólica, porque ésta predicaba y testimoniaba con la vida el mensaje de Cristo Salvador. San Lucas lo describe muy implicado en esta tarea hasta que llegó su encuentro con el Señor. Ese acontecimiento será un hecho decisivo, una auténtica revolución que se produce a través de una luz del cielo, la caída a tierra, la voz que llama, la ceguera, la curación y el ayuno. El centro del acontecimiento es Cristo resucitado que se presenta como una luz resplandeciente y habla a Saulo, en un encuentro que transforma su pensamiento y su vida entera.

El Apóstol es más discreto al hablar de su vocación, pero no menos intenso: el centro es Cristo, y el protagonismo de su conversión radical y total a Cristo lo tiene la misericordia de Dios. Así lo afirma humildemente: «Por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,8-10). Ese protagonismo del amor de Dios manifestado en el Señor Jesucristo es el auténtico motor de su vida, de su alma, de su acción hasta la muerte.[19]

Y a partir de esta vocación celestial, Pablo se sintió profundamente llamado a fermentar su ambiente por medio de la evangelización. Así lo expresó con un afecto muy intenso: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio» (1Cor 9,16-17). Esa urgencia que experimenta en su conciencia se expresa con tres notas muy claras: primero, el encuentro con Cristo; la experiencia continua de su gracia santificante, y el ejercicio de apostolado infatigable.[20]

 

  1. «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21): la vida en Cristo

2.1. Justificados por su gracia

El encuentro con Cristo en el camino de Damasco revolucionó absolutamente su vida. Cristo se convirtió en su razón de ser, en el sentido profundo de su existencia y de su trabajo apostólico[21]. Esta transformación se materializó en una determinación concreta, en la búsqueda del camino que lleva a la plenitud, a la auténtica felicidad. Y tuvo ante sí el dilema de encontrarla en el cumplimiento extrínseco de la Ley o en la fuerza misericordiosa que el Padre regala por Jesucristo, que nos da una fe y una esperanza que superan toda esperanza humana (cf. Rom 4,18).

Su respuesta fue radical, pues apuntó a la raíz de la auténtica justicia a través de una relación confiada en Dios, y en «la gracia de Dios por nuestro Señor Jesucristo» (Rom 7,25). Esta confianza espiritual en Dios Padre por Jesucristo supuso un renunciar a sus antiguas convicciones para abandonarse en el amor de las Personas Divinas. La justicia de san Pablo dejó de ser el cumplimiento de unos mandatos legítimos, para ser el abrazo en Cristo crucificado que se entrega totalmente para nuestra redención. Fue esa entrega de amor la que el Apóstol quiso predicar y testificar con su vida y su palabra; una entrega que conlleva una nueva humanidad, centrada en el amor de Dios y la gracia de Cristo, su Hijo.

La justicia del Nuevo Testamento es una vida nueva que consiste en morir al pecado para resucitar éticamente a un nuevo estilo de vida y sumergirse en el amor del Señor hasta el extremo, abnegando los propios criterios personales para buscar la pura voluntad de Dios. Esta justicia, esta vida nueva abre el espacio a una nueva relación con Dios, que se llama fe. Y una fe madura es lo que Pablo experimentó cuando fue llamado por Cristo, y entró en la comunión de vida con el Padre Dios.

 

2.2. Centralidad de Cristo

Gracias al amor divino, san Pablo fue conquistado por Jesucristo. Así lo definió él mismo al final de su trayectoria vital, ya en Roma, a punto del martirio: «No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús» (Flp 3,12-14).

Su encuentro con Jesucristo fue obra de la providencia de Dios, una llamada del Padre a predicar el Evangelio de Jesús Salvador a todos los hombres. El amor de Dios lo poseyó enteramente, y le puso ante los ojos a Jesucristo y éste crucificado como modelo y fuente de vida y de actitudes sobrenaturales (cf. Gál 3,1b).        Concretemos brevemente algunas notas de esta centralidad de Cristo en su vida:

  • Pablo redescubrió la santidad de Dios, abriéndole su corazón y confiando más allá de sus convicciones personales. Su religiosidad quedó minúscula ante el hecho de que el Padre entregara a su Hijo para nuestra liberación (Rom 8,32).
  • La gracia del Señor orientó todo su compromiso personal: su inteligencia, voluntad y memoria, así como su universo emocional, encontraron en el amor experimentado de Dios—o sea, la gracia— su fuente de inspiración.
  • Todo su ser quedó polarizado por lo que podemos llamar su configuración con Cristo. Místicamente, se identificó con el Hijo de Dios, siendo copartícipe de su vida y su misión—no olvidemos que imitó la predicación itinerante de Jesús de Nazaret—, y pastoralmente, extendió el número de los creyentes convocando a iglesias por todo lo que hoy es Turquía y el Sur de Europa.
  • La centralidad de la Cruz es otra característica que hemos de tener en cuenta. El amor de Cristo fue el signo visible del amor invisible de Dios. De este modo la Cruz formó parte de la revelación del Señor.
  • La docilidad al Espíritu Santo es otra consecuencia de la centralidad cristológica. Pasó de un apego material a la Ley antigua a optar en consciencia por el Espíritu de Dios. El amor mismo de Dios pasó a ser el centro de su vida interior y de su apostolado exterior. El Espíritu Santo, y no sus criterios humanos, marcaron sus decisiones y su vida.
  • Finalmente, está la constante referencia a la alegría de gozar del amor eterno de Dios.[22] De ello dan fe sus sucesores. Los últimos desarrollos de la cristología de san Pablo se encuentran en las cartas a los Colosenses y a los Efesios. En la primera, a Cristo se le califica como «primogénito de toda la creación» (cf. Col 1, 15-20). En la carta a los Efesios encontramos la hermosa exposición del plan divino de la salvación, cuando san Pablo dice que Dios quería recapitularlo todo en Cristo (cf. Ef 1,3-23).

En definitiva, la experiencia de la gracia de Dios, la centralidad de la Cruz, la docilidad al Espíritu Santo y su deseo del cielo y la eternidad de Dios, son la mejor descripción de cómo Cristo fue el centro de la vida y el ministerio del Apóstol. A continuación, pasaremos a describir su relación con el Espíritu Santo.

 

2.3. El Espíritu en nuestros corazones y en la Iglesia

Una de sus convicciones fundamentales desde el comienzo de la predicación fue la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones y en la vida y misión de la Iglesia. Así lo describió en su carta más antigua, dirigida a los tesalonicenses: «Cuando os anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción» (1Tes 1,5).

En la vida de fe no sólo actúan Dios Padre y Jesucristo, también tiene una función importante la presencia del Espíritu. Es Persona divina, obra en los miembros de la Iglesia suscitando carismas; consuela, fortalece, consagra, unge con su presencia el alma de los creyentes. Inhabita el alma de los fieles con un poder divino: ilumina su capacidad de conocimiento, pues transmite por la fe la sabiduría íntima de Dios, actúa los signos bíblicos en el aquí y en el ahora de los creyentes. Es el actor de nuestra libertad y el que nos hace elevar el corazón a Dios Padre por medio de la oración, especialmente la oración que Cristo elevó desde la Cruz, cuando invocaba a su Padre. En definitiva, la presencia del Espíritu en el interior del fiel es obra de Cristo resucitado, que comunica su condición de Hijo a todo el que confiesa su Nombre, y lo santifica.

La gracia de Cristo es también don del Espíritu. Su acción repercute en beneficio de toda la Iglesia, que es Cuerpo de Cristo y también Templo comunitario del Espíritu. Esta cooperación entre Jesús y el Espíritu del Padre en la Iglesia estuvo siempre presente en la consciencia del Apóstol. El modo por excelencia con que el Espíritu construye la Iglesia es por la predicación de la Palabra salvadora de Jesús, también por la participación en los sacramentos,[23] y por la coordinación de carismas y ministerios. De este modo, la Iglesia manifiesta más su auténtica vocación de Cuerpo de Cristo compactado por el amor y recibe como un Don la presencia del Espíritu de la vida (Cf.1Cor 12,4-6).

En definitiva, según san Pablo la presencia del Espíritu Santo nos viene por Cristo resucitado, cuya humanidad ha sido glorificada por Él. A ello, cabe añadir cómo el Espíritu ha santificado los corazones humanos, comunicando la santidad de Dios y la gracia de Cristo; ha santificado los cuerpos, convirtiéndolos en templos vivos de su presencia por los sacramentos; ha erigido la reunión de la Iglesia, con la reunión de los creyentes donde resuena la voz de Cristo y la urgencia de la caridad misionera.

 

  1. «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1Cor 9,16): El apostolado

A continuación describiremos cómo las Personas divinas han constituido apóstol a san Pablo, qué características le han conferido, cómo vivió él su relación con Pedro y los demás apóstoles, y cómo su entrega incansable fue la constante de su acción evangelizadora.

3.1. Características del Apóstol

En sus escritos presenta una fisonomía espiritual que nos ayuda a dibujar cuál fue el «alma» de su apostolado. Dicho con otras palabras, en sus cartas podemos constatar con qué disposición ejerció san Pablo su ministerio. Primero destaca su fe adulta, siendo esta virtud teologal la que marca el tenor fundamental de la vida de todo creyente y todo apóstol. Así lo confirmó a los tesalonicenses: «Cómo os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo» (1Tes 1,9-10).

En segundo lugar, se revela en él la confianza en la providencia, que se traduce en parrhesía. Demuestra la sencillez con que el Apóstol gestionó su misión, indicando su confianza firme en el amor de Dios. La providencia divina le dio libertad de espíritu frente a la acepción de personas, que siempre fustigó: «Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor» (1Cor 4,3-4). Esta valentía o parrhesía le hizo superar sus propias limitaciones personales, poniéndose totalmente en manos de Dios. Así lo afirmó en Rom 9,1: «Digo la verdad en Cristo, no miento, mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo».

En tercer lugar, destacamos su humildad. Entendida como virtud que sitúa a la persona ante la verdad,[24] Pablo la vivió con una motivación netamente cristiana. Así lo confiesa en 2Cor 10,1, cuando se vio en la necesidad de justificar su misión: «Yo, Pablo, en persona, tan cobarde de cerca y tan valiente de lejos, os ruego por la humildad y mesura de Cristo».

 

3.2. En comunión con Pedro y los demás Apóstoles. En verdad y libertad

Vamos adelante en nuestra descripción. Nos centramos en cómo la fidelidad a la verdad y la libertad en el Señor son dos notas transversales en el apostolado de san Pablo. Atravesaron toda su vida y su tarea. Su fidelidad se tradujo en un ministerio que fue esencialmente eclesial, manifestando un amor a la Iglesia, como Cuerpo de Cristo. Trabajó desde la Iglesia y para la Iglesia.

Procuró una predicación que fuese capaz de atraer a toda persona al amor de Dios en Cristo. Suscitó una significativa presencia eclesial en las principales ciudades donde actuó, llegando a Roma. Su fruto fueron las iglesias compuestas de bautizados, que desarrollaron una vida cristiana adulta con riqueza de carismas específicos, orientados al bien común de la Iglesia y de la evangelización.

Su relación con san Pedro y los demás Apóstoles[25] estuvo siempre marcada por un profundo respeto y por la franqueza de san Pablo, que derivaba de la defensa de la verdad del Evangelio. Sintió la necesidad de consultar a los primeros discípulos del Maestro y fue hasta Jerusalén; consultó especialmente a Pedro durante quince días sobre la vida terrena de Jesús. En sus cartas transmite fielmente dos tradiciones vivas, heredadas de los apóstoles: las vicisitudes históricas del ministerio de Jesús y la Eucaristía.

Además, el espíritu de comunión, el respeto y la veneración hacia los Doce no disminuyeron cuando él defendió con parrhesía la libertad del Evangelio.  En el llamado “Concilio” de Jerusalén y en la controversia de Antioquía de Siria, relatados en la carta a los Gálatas (cf. Gal 2, 1-10; 2, 11-14), Pablo actúa desde la libertad de espíritu y el amor a la verdad. El Concilio de Jerusalén fue un momento de tensión para la Iglesia naciente. Pablo expone su evangelio de libertad de la Ley. A la luz del encuentro con Cristo resucitado, él había comprendido que en el momento del paso al Evangelio de Jesucristo, a los paganos ya no les eran necesarios la circuncisión, las leyes sobre el alimento, y sobre el sábado, porque Cristo es nuestra justicia, y ‘justo’ es todo lo que está conforme a Él.[26]

  

3.3. Entrega incansable

El encuentro con Cristo orientó la vida del Apóstol de una manera definitiva, plena. La gracia de Dios la enriqueció convirtiéndolo en padre, maestro y heraldo del Evangelio. Este caudal de vida divina en Cristo se tradujo en una incansable actividad misionera que se desarrolló a través de tres líneas de fuerza: la predicación del Dios único, vivo y verdadero como sentido fundamental de la vida, la redención de Cristo como camino definitivo de acceso a Dios y a la felicidad plena, y la instauración de Iglesias evangelizadoras, aglutinadas por el poder del Espíritu Santo. Sus escritos personales y el testimonio de la segunda generación cristiana se expresan unánimemente en esta línea. Ahora bien, no es solo en su dimensión exterior donde se nota la valía del Apóstol, también su propia psicología y espiritualidad se ven renovadas y orientadas hacia Cristo por un don singular de Dios. Así lo expresó en diversas ocasiones,[27] y desde esta fuente divina, san Pablo irradió el mensaje evangélico del amor gratuito de Dios para todo el que tiene fe en Cristo.

En conclusión, la vida y la misión del apóstol san Pablo—su fe adulta, su valentía, su humildad, su fidelidad y libertad apostólicas—, se pueden sintetizar con una expresión suya: «Yo he sido alcanzado, obtenido, hecho propiedad de Cristo» (Flp 3,12). En efecto, Pablo fue conquistado por Cristo.[28]

 

  III. UNA ESPIRITUALIDAD CRISTOCÉNTRICA Y PAULINA

En este tercer apartado vamos a articular algunos elementos de la espiritualidad cristiana con la máxima coherencia de que seamos capaces a partir del concepto de lo fundamental cristiano, de la Liturgia de la Santa Madre Iglesia y de la vida y enseñanzas de san Pablo, que fue declarado patrono del MCC por el beato Pablo VI el 14 de Diciembre de 1963. Con esos elementos presentamos un germen de la espiritualidad del MCC, que ulteriormente convendrá desarrollar y complementar.

 

  1. Centralidad de Cristo: El Cursillo es un encuentro con Cristo

Con san Pablo, afirmamos: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21).[29] A partir de esta afirmación, proclamamos que Jesucristo es la esencia, el centro, el fundamento de nuestra vida cristiana, que es relación personal con Jesús, una relación que culmina en la unión con él por gracia y por amor. Cuando nos referimos a la centralidad de Cristo en la espiritualidad del MCC, no sólo tenemos en cuenta el lugar que ocupa objetivamente en la fe cristiana y en la historia de la salvación, sino que hacemos también hincapié en la perspectiva de la experiencia cristiana, de la vivencia personal. Si tuviéramos que definir el Cursillo con una única frase, yo me inclinaría por decir que el Cursillo es un encuentro con Cristo. En muchas ocasiones hemos sido testigos de ese encuentro con el Señor al más puro estilo paulino.

Jesucristo es la Palabra eterna del Padre, que se ha encarnado, que ha asumido todo lo humano, que ha reconstruido lo que estaba caído. Por este admirable intercambio podemos compartir la vida del Hijo, que se ha dignado asumir la naturaleza humana. Por Cristo y en Cristo el ser humano es elevado a la dignidad de hijo de Dios. Es el redentor de todo el género humano y de cada persona concreta a lo largo de la historia. En él el ser humano es elevado por pura gracia y alcanza su dignidad. Él nos hace partícipes también de la misión que el Padre le encomienda.[30] Cristo sale al encuentro en la vida de todo hombre y se revela como Camino, Verdad y Vida, llena de sentido su existencia y sacia su sed de felicidad. El encuentro con Cristo transforma la vida de la persona, la compromete hasta lo más profundo y significa el comienzo de una vida nueva y de intimidad con El.

El MCC rezuma cristocentrismo por los cuatro costados. El primer elemento de lo que considera lo fundamental cristiano es precisamente la persona de Jesucristo, que es la esencia, el fundamento, la expresión viva del amor de Dios[31]. Esa centralidad de Cristo está presente en la vida del cursillista y en su oración. Cabe recordar aquí la “Hora Apostólica”, de la Guía del Peregrino, compuesta por Sebastián Gayá, que expresa esa relación personal con el Señor, de intimidad, de amistad y de envío misionero. Al rezarla uno se siente transportado a la intimidad del cenáculo, a los pies de la cruz y al encuentro con el Resucitado:

«Queremos ser tuyos, Señor, los tuyos de veras: los que no duden, los que no titubeen, los que no se desalienten, los que no conozcan las medias tintas ni las posturas ambiguas; los que lo den todo antes que alejarse de Ti […] Te rogamos que nos ENSEÑES, que nos FORMES, que nos VENZAS, y nos ENCIENDAS en santa valentía y en afanes apostólicos […] En esta Hora Apostólica permanecemos al pie de tu Cruz, con la Madre y Señora, como San Juan, el apóstol de la invencible fidelidad. […]. En firme vigilia rodeamos TU CRUZ sacrosanta para acompañarte en tu hora suprema; para orar contigo por la Iglesia; para ofrecernos contigo como víctimas; para compartir tus dolores y anhelos; para consolarte agonizante en la Cruz y consolarte en las presentes angustias de la Iglesia».

 

  1. Una espiritualidad teocéntrica, cristológica y pneumatológica

Hemos visto que Monseñor Hervás estaba persuadido de que “la espiritualidad de los Cursillos de Cristiandad coincide con la espiritualidad de la sagrada Liturgia, en la que encontrarán los cursillistas el mejor alimento y estímulo para sus ansias de profunda y auténtica vida cristiana y para su irradiación apostólica, como miembros vivos, conscientes, activos y eficaces del Cuerpo Místico de Cristo”.[32]

La divina Revelación, plasmada en la Escritura, particularmente san Pablo, nos ha situado en la perspectiva de la Trinidad, como fundamento de la espiritualidad general de la Iglesia. Afirmó el Apóstol: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros» (2Cor 13,13).

Análogamente, la celebración de la liturgia de la Iglesia va marcando a lo largo de la vida la mente y el corazón de los creyentes con el sello trinitario. Por eso podemos afirmar que la liturgia produce una espiritualidad teocéntrica, cristológica y pneumatológica[33]. El Padre es fuente de toda santificación, término absoluto de todo culto de Cristo y los cristianos. En lo relativo al Espíritu Santo, cabe señalar que no habría auténtica comunicación con Dios por parte de los hombres sin su acción santificante sobre el Pueblo y los ministros, constituidos en asamblea.[34]

Esta comunicación de vida y gracia sobrenaturales se actualiza en el dinamismo espiritual de cada creyente: las Personas divinas son el fundamento de la vida cristiana, sostenida y alimentada por la Liturgia de la Iglesia universal. Lo recodaba san Juan Pablo II a los 25 años de la Sacrosanctum Concilium: “La Liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Cristo, es necesario mantener constantemente viva la afirmación del discípulo ante la presencia misteriosa de Cristo: «Es el Señor» (Jn 21,7). Nada de lo que hacemos en la Liturgia puede aparecer como más importante de lo que invisible, pero realmente, Cristo hace por obra de su Espíritu. La fe vivificada por la caridad, la adoración, la alabanza al Padre y el silencio de la contemplación, serán siempre los primeros objetivos para alcanzar para una pastoral litúrgica y sacramental”.[35]

 

  1. Salvación por gracia: «Estáis salvados por pura gracia» (Ef 2,4)

        IFCC señala la gracia como segundo elemento de lo fundamental cristiano: “La Gracia, don de Dios en Cristo que se ofrece a cada persona en plenitud, para vivir en comunión con Él. En la Gracia se realiza toda conversión, todo encuentro con Dios, toda comunidad cristiana. Aparece como eje sistematizador de toda la vida cristiana”[36]. Según señalan Juan Capó y Francisco Suárez, la novedad radical del Cursillo de Cristiandad consistió en que “manteniendo intacta la letra de realizaciones y elementos anteriores, cambió, sin embargo, totalmente su sentido. Los Cursillos adquirieron un acento y una dinámica nueva, a la luz de los Rollos Místicos, que centran la proclamación evangélica en la doctrina de la Gracia, dentro de un contexto vivencial que ayuda a experimentar, en la propia vida, la fuerza transformadora de esa realidad singular”[37].

La gracia es un signo de la misericordia eterna de Dios para con los hombres, una comunicación al alma, que tiende a constituir al hombre en hijo de Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo[38]. La madurez cristiana radica en el máximo desarrollo de la vida de amor cristiano, animado y sostenido por la gracia de Dios, participando místicamente de la misma esencia de Dios, por obra y gracia de Cristo. Cristo nos sana del pecado y nos eleva a la vida de amistad actual con Dios Padre y nos sostiene en el Espíritu Santo. De manera sacramental, la vida de gracia se inicia en el Bautismo, participando del misterio de nuestra redención. Esta nueva vida se perfecciona con la efusión del don del Espíritu Santo, celebrado y consignado en la Confirmación; se alimenta con la Eucaristía, signo de la comunión de la Iglesia del Señor, y se repara con el sacramento de la reconciliación.

 

  1. Comunitaria y eclesial. Vivir la pertenencia y el amor a la Iglesia

    El MCC considera entre como fundamental cristiano a “la Iglesia, como lugar en el que se encuentra a Cristo, y en Cristo al Padre, como espacio en el que ser cristiano. El encuentro con Cristo, la vida de gracia, el camino de la fe… todo ello se vive en la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, sacramento universal de salvación en el que Cristo manifiesta y realiza el misterio de amor de Dios hacia la humanidad”[39]. De ahí brota una espiritualidad que es profundamente comunitaria y eclesial, pues es consciente de que la vida cristiana es vida en torno a los apóstoles y con los hermanos (cf. Hch 2,42); por otra parte, “Dios ha querido santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente”[40].

    Recordamos que san Pablo fue hombre de Iglesia y para la Iglesia; también la importancia de vivir la pertenencia a la Iglesia y el amor hacia ella. El MCC desea cultivar una relación de amor intenso y real para con la Iglesia, fundada en el amor de caridad con Cristo y con el Cuerpo de Cristo. Para ello, debemos revitalizar nuestra adhesión con la comunidad creyente, teniendo en cuenta aquellos cuatro pilares que propuso el Concilio Vaticano II: “A esta sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente quienes (…) están unidos con Cristo, el cual la rige mediante el Sumo Pontífice y los Obispos, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión eclesiástica”[41]. La pertenencia a la Iglesia debe pasar también por una adhesión del corazón, alimentada por el encuentro con Cristo y la oración, apoyada por la predicación del evangelio y la celebración de los sacramentos.

La santísima Virgen María ocupa un lugar central en el misterio de Cristo y de la Iglesia[42]. Dios mismo quiso que María estuviera presente en la historia de la salvación. Cuando decidió enviar a su Hijo al mundo quiso que naciera de una mujer (cf. Gál 4,4), y esa mujer es María. Ella es la madre que nos da a todos al Hijo y también es mediadora para ir al Padre, por medio de Cristo en el Espíritu Santo. Por eso, en la vida y en la espiritualidad del cursillista también ocupa un lugar preferente María, Madre de Dios y madre nuestra, que desempeña una misión única en la Historia de la Salvación, en la historia de la Iglesia y en la historia de todo creyente. Su vida es un ejemplo incomparable en el camino de la fe, y su labor de madre nos congrega en la unidad como una familia. Por eso es fundamental en la vida cristiana y en nuestra espiritualidad. El amor y la devoción a María ocupa un lugar importante en la génesis del MCC así como en la espiritualidad y vida de sus iniciadores[43].

 

  1. Comunión en la verdad

La comunión en la verdad es el quinto aspecto que podemos integrar en una espiritualidad cristocéntrica y paulina. La verdad viene de Dios y a Dios conduce; es más, en teología afirmamos que la verdad es uno de los nombres de Dios. Y todo camino que conduce a la verdad es bendecido por Dios y prepara al encuentro con Cristo, porque Él es la Verdad encarnada del Padre, el sentido real de toda la creación y de todo ser humano. El Espíritu Santo une a los creyentes con Cristo y los une entre sí; él es el principio de unidad y de diversidad, que unifica a la Iglesia en comunión y ministerio[44]. Todos estamos llamados a construir y a mantener la unidad, que es condición indispensable para la evangelización y para la vida del MCC. Si no vivimos la unidad, no podemos ser creíbles en el anuncio del mensaje cristiano.

Por eso estamos llamados a hacer del MCC una casa y una escuela de comunión. Ahora bien, ¿cuál es el fundamento de esta casa? El fundamento es la verdad, porque la unidad se fundamenta en la verdad, que en última instancia es el mismo Cristo. La Iglesia debe ser el lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad, y en consecuencia el MCC está llamado a ser también lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad, como parte de la Iglesia que es. Eso significa vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y para ello es preciso orar para que el Espíritu nos guíe para acoger la verdad de Cristo transmitida en la Iglesia y para vencer nuestra tendencia a seguir nuestras verdades propias, nuestras verdades particulares.

Jesús nos dice que somos la luz del mundo, y que nuestra luz ha de brillar ante los hombres, para que vean nuestras buenas obras y den gloria a nuestro Padre del cielo (cf. Mt 5, 14-16). Es necesario que peregrinemos en la verdad, que pensemos, honremos, digamos y practiquemos la verdad; que obremos según la verdad siempre y en cada circunstancia de la vida. Somos enviados como los testigos de Cristo, los testigos de la Luz, los testigos de la Verdad; de ahí que no podamos pactar con la mentira o con las verdades a medias, ni con posibles compromisos o consensos que no responden a la verdad y que deterioran la comunión eclesial en lugar de reforzarla.

 

  1. Llamada a la santidad: ¡A Santiago, santos!

Avanzamos en nuestra descripción: nos centramos ahora en la llamada a la santidad. La santidad, en sentido verdadero y propio, es una de las notas de Dios. La santidad es absoluta, porque no tiene comparación con nada ni nadie. Es sobrenatural, porque supera todo límite humano. Ahora bien, Dios, en su grandeza absoluta y sobrenatural se ha acercado al hombre, para comunicarnos la amistad con Él.[45] Por medio de signos y prodigios, Dios Padre ha acostumbrado a la familia humana al trato con Él, disponiéndola a recibir a Cristo, compañero de nuestra peregrinación. Así, acompañados del Señor, nuestra vida pasa a tener un sentido definitivo: ser santos como nuestro Padre celestial es santo (cf. Mt 5,48).

Esta decisión libre de Dios comporta en nosotros una urgente llamada práctica a la santidad, que se traduce en un camino pastoral. Este debe entenderse como una prolongación de la gracia santificante de Cristo. De hecho, la Iglesia en su Magisterio nos invita a ello con insistencia urgente a no conformarnos con la mediocridad; a desarrollar al máximo nuestro Bautismo; a llevar a cumplimiento la elección que Dios nos da en Cristo: «Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor» (Ef 1,4).

La experiencia nos puede llevar a pensar que es muy difícil el camino de la perfección, que es prácticamente imposible, que está reservado a unos cuantos privilegiados. La respuesta del Evangelio a esta objeción es doble: por una parte, nos recuerda que la iniciativa de nuestra santificación viene de Dios, que es el Señor quien nos concede la gracia de entrar por ese camino; por otra parte, es asimismo el Señor quien nos da la fuerza para permanecer en él. Nuestra respuesta es esencialmente secundar la iniciativa del Señor, con humilde obediencia a sus mandatos, muriendo a nuestros criterios y manteniéndonos en el camino de una vida nueva que es pura gracia, puro don de Dios.

 

  1. Celo evangelizador incansable: ¡Desde Santiago, santos y apóstoles!

En este retrato de la espiritualidad del MCC nos encontramos con otra nota importante: la nueva vida en Cristo nos transforma en apóstoles incansables. El encuentro con Cristo orientó la vida de san Pablo de una manera definitiva que se tradujo en una incansable actividad misionera. En el cursillo se expresa también esa llamada y el envío correspondiente cuando, al finalizar, se entrega al cursillista la cruz con estas palabras: «Cristo cuenta contigo». Desde entonces está llamado a responder con la vida a aquello que Dios ha puesto en su corazón al escuchar el Evangelio y participar del Misterio pascual. Esta es una respuesta que se lleva a cabo haciendo camino con la comunidad eclesial, desde la confianza en el Señor y su gracia, anunciando el mensaje trasformador del Evangelio del Señor.

En esta época de pensamiento débil y de compromiso débil, en estos tiempos líquidos[46], ¿dónde podremos hallar la motivación para evangelizar sin desfallecer? El papa Francisco nos responde que la primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos experimentado, la experiencia de su salvación que nos lleva a corresponder a su amor inmenso y a  compartir ese tesoro con los demás a través de la palabra y el testimonio. Es preciso que antes nos pongamos en su presencia, con el corazón abierto, en oración profunda, en el diálogo del tú a tú, para comunicar a los demás lo que hemos contemplado. Esta motivación evangelizadora ha de renovarse constantemente, manteniendo viva la llama de la amistad con el Señor, estrenando cada día nuestro celo evangelizador[47].

La evangelización es la primera obra de misericordia de la Iglesia con el mundo y con cada persona porque hace presentes la palabra y la persona de Cristo en el mundo. “Evangelizar constituye, en efecto, el gozo y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda”.[48] El MCC es fruto de un carisma particular en orden a la evangelización. Como dijo Juan Pablo II: «La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!»[49]. Evangelizadores infatigables: he aquí la consecuencia de una vida de fe adulta, de una caridad ardiente, la respuesta generosa a la llamada de Cristo.

 

  1. Desinstalación. Peregrinar en fe y esperanza.

Como recordábamos en la introducción, el MCC surgió en Mallorca en la década de los años 40 del siglo XX a partir de la preparación de la peregrinación de los Jóvenes de Acción Católica a Santiago de Compostela. Dicha peregrinación fue el factor que desencadenó y canalizó aquel caudal de energías. El MCC está impregnado del ideal   peregrinante que se fue grabando en el entendimiento y en el corazón de aquellos jóvenes mallorquines. En la actualidad continúa muy viva en el espíritu y en la mentalidad aquella definición que acuñó el venerable Manuel Aparici, que fue el gran impulsor de aquella peregrinación: “Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos”[50].

La vida humana es una gran peregrinación hacia Dios y en este camino estamos llamados a desprendernos de aquellos complementos que, si bien son legítimos, no son substanciales. De hecho, en su exhortación misionera, Cristo nos mandó ir sin ayudas materiales, sólo con la fuerza de su Palabra y la confianza puesta en la voluntad del Padre. La Sagrada Escritura nos propone algunas peregrinaciones que ejemplifican esta disposición. Especialmente queremos resaltar a Pablo, que peregrinó por la cuenca del Mediterráneo para predicar el Evangelio, fundando comunidades cristianas. Sólo con la palabra de la fe y su confianza en Dios por Jesucristo tuvo suficiente para vivir su ministerio apostólico hasta el final.

Destacamos también la importancia de la esperanza. En cuanto virtud es aquella fuerza que Dios imprime en el alma para anhelar la plena realización de los planes de Dios, pese a que humanamente no sea viable. Ya lo hizo Abrahán, que confió y se abandonó en las manos de Dios; de esta manera recibió lo que más anhelada de corazón: una descendencia innumerable. Así lo cantó David en muchas ocasiones cuando produjo tantos salmos, recogidos en la Biblia. Así lo han hecho los santos a lo largo de los siglos, sobre todo cuando la situación requería de instrumentos dóciles a la voluntad de Dios: contra toda esperanza, Dios concede sus bienes, de modo que, olvidados del pasado, vivamos con intensidad el presente, lanzados hacia el futuro de la plenitud del amor divino.

 

  1. Alegría

Una de las características de la peregrinación hacia Jerusalén, según indican los salmos bíblicos destinados a esta ocasión, es la alegría: «Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor» (Sal 122,1). La fiesta es una ocasión para la comunicación y el descanso del alma, es la ruptura de la rutina cotidiana; es un espacio de expresión personal que da lugar a oportunidades de reavivar algunas relaciones desde la espontaneidad y la convivencia.

La alegría es una de las notas características del peregrino cristiano: Jesús cantó este salmo cuando subió a Jerusalén para su Pasión (cf. Lc 19,41), y también lo entonó María cuando subió a Ain-Karim. En ambas ocasiones, Cristo y María entonan un grito profético que interpela las conciencias para no aposentarse demasiado en los criterios de este mundo, para estimular a ir más allá: a la conquista del ambiente para gloria de Dios. Recordemos la primera línea fundamental del nervio ideológico del Cursillo: “Un concepto triunfal del cristianismo, que es el único exacto y verdadero, como solución integral de todos los problemas humanos, en contraposición con la concepción aburguesada, estática, conformista e inoperante, que de cristiana no tiene sino el nombre que usurpa”.[51]

Este talante alegre y esperanzado es un soplo de aire fresco que oxigena las relaciones interpersonales, ayuda a superar la barrera de las estructuras sociales y facilita una dinámica de convivencia en paz y amor. La fuente de la alegría es la experiencia del amor de Dios, que llena el corazón y propicia una relación de armonía con Dios, consigo mismo y con los demás. Es la alegría del triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte, que nos alcanza una vida nueva y aporta soluciones concretas a todos los problemas y situaciones de la vida. La alegría es característica de la vida cristiana auténtica, aunque no falten pruebas y dificultades en el camino; la alegría, finalmente, tiene una gran fuerza evangelizadora.

 

  1. La amistad: Cristo, fuente de nuestras relaciones interpersonales

Comenzábamos la ponencia recordando que el carisma de Cursillos “promueve grupos de cristianos que fermenten de evangelio los ambientes, a través de la amistad”[52]. La amistad es una experiencia humana que se ha dado a lo largo de la historia y que nosotros consideramos desde una perspectiva de fe. El libro del Eclesiástico (6,14) señala que «un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro». La Sagrada Escritura nos revela que Dios ha entrado en la historia humana y se ha manifestado en una relación de amistad, por ejemplo, en los casos de Abraham y Moisés. Más aún, la encarnación del Verbo eterno es la prueba de que Dios envió a su Hijo a fin de elevar a las criaturas a una relación de amistad con él.

El Señor Jesús, desde su entrega de amor, posibilita esta relación de amistad y llega a decir: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). El mensaje cristiano proclama que una amistad sobrenatural es posible entre seres humanos porque Dios mismo se ha ofrecido a ellos como amigo[53]. Santo Tomás afirma que las relaciones existentes entre Dios y los hombres, llamadas caritativas, son relaciones de amistad[54]. Si el hombre consiente en ser elevado sobrenaturalmente en la capacidad de amor de amistad, entonces tiene la posibilidad de poder establecer una relación de intimidad con Dios en Cristo.

La amistad cristiana es una capacidad nueva de amar a los hombres. El creyente es llamado a amar y a mantener relaciones de amistad en Cristo, con Cristo y por Cristo. Aristóteles[55], y otros filósofos de la antigüedad, pensaban que era imprescindible   una larga experiencia de trato para poder llegar a vivir una amistad. En cambio, desde la vivencia cristiana, es el Espíritu Santo quien transforma la afectividad personal, crea un corazón nuevo, y propicia la vivencia y la relación de amistad. La amistad cristiana a través de la caridad trasciende la mera relación humana agradable y se proyecta en un horizonte de fraternidad comunitaria y eclesial: «El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común» (He 4,32).

La amistad es un elemento esencial en el MCC. Los iniciadores, además de vivir su relación con Dios y con los hermanos como amistad cristiana sobrenatural, descubrieron en la amistad un camino excepcional y privilegiado para la evangelización[56]. Como destaca Eduardo Bonnín: “La relación de amistad es la forma genuinamente humana y genuinamente evangélica de comunicación entre los hombres. Es la forma que tiene Dios de relacionarse con el hombre y la mejor que puede tener el hombre de relacionarse tanto con Dios como con los demás”[57].

 

Exhortación final

Quiero finalizar mis palabras recordando el mensaje de Cristo al cursillista, tomado de la meditación del tercer día del Cursillo: «A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15,15-16). Amistad con Cristo, comunión de vida con él, envío misionero y fruto abundante. Cristo cuenta con nosotros, nos ha elegido y nos envía a dar un fruto abundante y duradero. Pero sólo podremos dar fruto si vivimos profundamente unidos a él. Es absolutamente indispensable permanecer unidos a Jesús, porque sin él no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5). Así lo creemos y por eso nuestra espiritualidad pone a Cristo en el centro y se ilumina desde la vida y enseñanza de san Pablo.

Sin Cristo no podemos hacer nada, pero con él lo podemos todo. Nos llama a vivir en plenitud de unión con él y nos llama a la santidad. El secreto de la fecundidad en el apostolado es la unión con Dios, que se realiza en la oración, en la meditación de la Palabra, en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía; unión que se realiza también en el compartir con los hermanos y en la atención a los más pobres y pequeños. Este es el camino de la auténtica espiritualidad, que nos lleva a la identificación con Cristo, y por Cristo al Padre, movidos por el Espíritu Santo. El auténtico apóstol es aquel que vive la comunión con el Señor y se deja mover por el Espíritu Santo. A la vez, el verdadero hombre espiritual, el santo, es el que comparte con los demás el tesoro del amor de Dios que ha descubierto, y comunica a los demás el gozo de la vida de gracia.

El Santo Padre Francisco en el encuentro que mantuvo con el MCC en el Aula Pablo VI el jueves 30 de abril de 2015, en el marco de la III Ultreya Europea nos dijo: “¡Los animo a ir ‘siempre más allá’, fieles a su carisma!…”[58]. El Papa nos alienta para que sigamos haciendo fructificar dicho carisma,  para ayudar a los demás a crecer en la fe, reconociendo que todo es gracia y ofreciendo el testimonio de las maravillas que el Señor ha obrado en nuestra vida, desde la vivencia de la amistad con Dios y con los hermanos. Siempre más allá, hasta llegar a los que están lejos, saliendo de nuestras zonas de confort y aventurándonos en las periferias geográficas y existenciales, que tanto necesitan la luz del Evangelio. María, Madre de la divina Gracia, estrella de la Nueva Evangelización, nos acompañe en nuestro camino de espiritualidad y de apostolado. Muchas gracias.

 

Talca, 12 de octubre de 2017

 

+ José Ángel Saiz Meneses,

Obispo de Terrassa,

Consiliario del MCC en España

[1] Cristo llama a todos los fieles a la perfección de la caridad, cuando afirma: «Sed como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Es necesario, pues, para la salvación el cultivo de la relación de amor con las Divinas Personas, y debe ser una constante en la intención de los fieles. Así lo recuerda el Magisterio reciente de la Iglesia: «Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo […] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo» (Concilio ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 40). Para el desarrollo de los aspectos teológicos de la espiritualidad cristiana: Cf. Th. MATURA, «Las grandes líneas de la espiritualidad de san Francisco», Selecciones de Franciscanismo, 27 (1998) 345-365; J. RIVERA – J. M. IRABURU, Espiritualidad católica, Toledo 1982, pp. 43-46.
[2] IFMCC, 3ª redacción, n. 40
[3] Cf. IFMCC, 2ª redacción, nn. 118-119.
[4] IFMCC, 3ª redacción, n. 98
[5] Concilio ecuménico Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, 7, 1;  Beato Pablo VI, Mysterium Fidei, 3 de septiembre de 1965.
[6] J. Hervás, Interrogantes y problemas de los Cursillos de Cristiandad, Madrid 1963, 51.
[7] San Juan XXIII, Alocución a los miembros de las Comisiones Pontificias y Secretariados preparatorios del Concilio ecuménico Vaticano, Roma, 14 de noviembre de 1960.
[8] J. Hervás, o.c., pp.57-58.
[9] Ibidem, p. 63.
[10] Ibidem, p. 70.
[11] Concilio ecuménico Vaticano II, Sacrosanctum Concilium 7.
[12] Concilio ecuménico Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 5.
[13] Dos definiciones sobre esta materia mantienen su vigencia. La primera: «La espiritualidad litúrgica es aquella espiritualidad en que la concretización específica y el relativo ordenamiento sintético, propio de los diversos elementos comunes a toda espiritualidad católica como medios para conseguir la perfección, están determinados por la misma liturgia» (C. Vagaggini, El sentido teológico de la liturgia. Ensayo de Liturgia teológica general [BAC 181], Madrid: BAC 1965, 620-621). La segunda es igualmente importante: «Lo propio de la espiritualidad litúrgica es que la síntesis práctica de todos esos elementos no viene tomada de un santo, de un cierto sistema teológico, o de una determinada escuela espiritual, sino que procede de la misma liturgia universal de la santa Iglesia Católica» (J. Rivera – J. M. Iraburu, Síntesis de espiritualidad católica, Pamplona 62006, 44).
[14] «Ut mysterium paschale vivendo exprimatur» (Consilium ad exsequendam Constitutionem de S. Liturgia, Instrucción Inter oecumenici, 6).
[15] «Vivir, trabajar y gozar en la presencia de Dios, celebrar el culto festivo como vértice de mi ser-hombre “de manera gratuita, pero no sin sentido” […]. Todo esto de manera que nuestra vida entera sea, finalmente, una vida in Christo Iesu, una vida in Spiritu, en comunicación permanente con Dios en Cristo, como experiencia que anticipa la comunión incomparablemente mayor con Dios que será la vida eterna, la vida “cara a cara”» (N. Neunheuser, «Espiritualidad litúrgica», Nuevo Diccionario de Liturgia, 700).
[16] Una auténtica espiritualidad litúrgica cuenta con los siguientes rasgos: es eminentemente bíblica, cristológica, eclesial-sacramental, pascual y conducente al Misterio de Dios. Cf. M. Augé, Liturgia. Historia, celebración, teología, espiritualidad (Biblioteca litúrgica 4), Barcelona: CPL 1995, 255-258.
[17] J. Gnilka afirma que no podía ser de otra manera: «Personas de otras culturas y mentalidades no eran un fenómeno extraño para él, sino que tuvo contacto con ellas desde su juventud y pudo observar sus hábitos y costumbres. No es casual que el futuro gran misionero no proviniera de Palestina, sino de la diáspora» (J. Gnilka, Pablo. Apóstol y testigo (Biblioteca Herder), Barcelona: Herder 1998, 25).
[18] Hch 22,3 CEE: «Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad; me formé a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto celo como vosotros mostráis hoy».
[19] El Apóstol nunca interpretó este momento como el fruto de un proceso psicológico, de una maduración interior o evolución intelectual y moral, sino que llegó desde fuera. Su conversión no fue resultado de pensamientos o reflexiones, sino fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible, en definitiva, del encuentro con Jesucristo. En este sentido no fue sólo un proceso de conversión o de maduración personal, sino que fue muerte y resurrección para él mismo, es decir, murió a una existencia suya y nació a otra nueva con Cristo resucitado. Sólo en este sentido más profundo se puede hablar de conversión. Aquel encuentro produjo una renovación radical que cambió todos sus parámetros, hasta el punto de que desde ese momento cuenta la vida en Cristo. Cf. Benedicto XVI, Audiencia del 3 de septiembre de 2008.
[20] San Pablo tuvo una experiencia camino de Damasco que cambió absolutamente su vida y que llamamos su conversión. Cf. Benedicto XVI, Audiencia del 3 de septiembre de 2008.
[21] Cf. BENEDICTO XVI, Audiencia del 8 de novembre de 2006
[22] Cf. D. Marguerat, Pau de Tars. Un home cara a cara amb Déu (Glossa 15), Barcelona: Claret 2010, 38-49.
[23] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1265. 1274. 1304. 1375.
[24] Aparecerá como fruto del Espíritu Santo en Gal 5,23; 6,1; 1Cor 4,21.
[25] Cf. Benedicto XVI, Audiencia del 24 de septiembre de 2008.
[26] Sobre el episodio del enfrentamiento de Pablo con Pedro en Antioquía de Siria, recordamos que Pablo recriminó a Pedro por evitar a los paganos en las comidas fraternas, por causa del precepto mosaico de evitar ciertos alimentos. Seguramente los dos tenían su parte de razón: Pedro no quería perder a los judíos que se habían adherido al Evangelio; Pablo no quería que pareciera que se disminuía el valor salvífico de la muerte de Cristo para todos los creyentes. El debate fue una lección para ellos y para toda la Iglesia de cara a orientar el camino de la Iglesia encontrando soluciones por elevación desde la verdad del Evangelio: «El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rom 14,17). Cf. Benedicto XVI, Audiencia del 1 de octubre de 2008
[27] Destacamos, a modo de ejemplo la siguiente: «Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios en mí» (1Cor 15,10).
[28] Cf. A. Pitta, L’Evangelo di Paolo. Introduzione alle lettere autoriali (Graphé 7), Turín: Elledici 2013, 25.
[29] «No se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, 1). Con esta sencillez profunda, Benedicto XVI introdujo su primera encíclica. R. Guardini ya lo había subrayado con lucidez definiendo la esencia del cristianismo: «El cristianismo no es, en última instancia, ni una doctrina de la verdad ni una interpretación de la vida. Es eso también, pero nada de eso constituye su esencia nuclear. Su esencia está constituida por Jesús de Nazaret, por su existencia, su obra y su destino concreto; es decir, por una personalidad histórica.» Y más adelante hace esta otra afirmación: «Jesús no es sólo el portador de un mensaje que exige una decisión, sino que es Él mismo quien provoca la decisión, una decisión impuesta a todo hombre, que penetra todas las vinculaciones terrenales y que no hay ningún poder que pueda ni contrastar ni detener. Es, en una palabra, la decisión por esencia». Cf. R. Guardini, La esencia del cristianismo, Madrid (1977), 19; 46-47)
[30] Cf. Ibidem n. 11
[31] IFMCC, 3ª redacción, n. 98
[32] J. Hervás, Interrogantes y problemas de los Cursillos de Cristiandad, 57-58.
[33] J. RIVERA – J. M. IRABURU, o.c., p. 268
[34] Cf. J. Castellano, Liturgia y vida espiritual. Teología, celebración, experiencia (BL 27), Barcelona: CPL 2006, 45-46.
[35] San Juan Pablo II, Carta apostólica Vicesimus quintus annus (4 diciembre 1988), 10.
[36] IFMCC, 3ª redacción, n. 98
[37] J. Capó – F. Suárez, Líneas básicas del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, Madrid 1972, 11.
[38] Gracia significa “el favor divino, la benevolencia gratuita y misericordiosa de Dios hacia los hombres, el amor de Dios concretamente manifestado y comunicado en Jesucristo, fuente de toda bendición” (J. Rivera – J. M. Iraburu, Espiritualidad católica, 271.
[39] IFMCC, 3ª redacción, n. 98
[40] Lumen gentium 9a; Gaudium et spes, 32,a
[41] Concilio ecuménico Vaticano II, Constitución Lumen Gentium, 14.
[42] Cf. Lumen Gentium, cap. VIII
[43] Cf. JOSÉ ANGEL SAIZ MENESES,  Los Cursillos de Cristiandad. Génesis y teologia,  Madrid 2006, pp. 53-57
[44] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, n. 4.
[45] En esta peregrinación hacia la santidad, Dios tiene la iniciativa de transformarnos por medio de la vocación a ser uno con Él, gracias a la gracia del Señor y la comunión del Espíritu Santo. Esta unión con Dios se produce en la medida de nuestra unión con Cristo, alimentada por su Palabra y en la familiaridad con el amor eterno de Dios, que es la caridad.
[46] El sociólogo Zygmunt Bauman ha acuñado la metáfora de la «liquidez»  para describir la contemporaneidad. Hemos pasado de una modernidad «sólida» y estable a una posmodernidad «líquida» y voluble, en la que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse y no sirven de marcos de referencia para los actos humanos. Este nuevo marco implica la fragmentación de las vidas, la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista, marcada por las relaciones transitorias en las que no se mantienen ni los compromisos ni las lealtades.
[47] Cf. Evagelii Gaudium nn. 264-266
[48] PABLO VI, Carta Encíclica Evangelii Nuntiandi, n. 14
[49] Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, n. 2
[50]  Definición de MANUEL APARICI recogida en la Guía del Peregrino.
[51] EDUARDO BONNIN, MIGUEL FERNÁNDEZ, El cómo y el porqué, Madrid 1973, p. 16 ss.
[52] IFMCC, 3ª redacción, n. 40
[53] Cf. T. GOFFI, Amistad, en Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Madrid 1991, pp. 46-65,
[54] Cf. S Th II-1I, q 23, a 1
[55] Cf. ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, VIII, 3.6
[56] IFMCC, 3ª redacción, pp. 193-194
[57] E. Bonnín Aguiló, Reflexiones. Vol II: En busca de uno mismo, Palma de Mallorca 2014, p. 75
[58] SANTO PADRE FRANCISCO, Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el curso de formación del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, 30 de abril de 2015.