Sebastián Gayá. Peregrino de Esperanza.

Conferencia de Mons. José Ángel Saiz Meneses,

Fátima el 7 de mayo de 2017, sobre el

Proceso de beatificación de Mons. Sebastián Gayá.

Un saludo cordial a todos los hermanos y hermanas cursillistas que participáis en esta V Ultreya Mundial, en Fátima. Mi nombre es José Ángel Saiz Meneses, obispo de Terrassa, España. A la edad de 17 años hice mi Cursillo de Cristiandad en Barcelona. Desde entonces he formado parte del Movimiento de Cursillos de Cristiandad como militante, dirigente y consiliario. Actualmente soy presidente de la Fundación Sebastián Gayá. Agradezco al Organismo Mundial de Cursillos de Cristiandad la invitación a participar en los actos de esta Ultreya Mundial, en particular a su Presidente Francisco Manuel Salvador y a su Asesor Espiritual Mons. Francisco Senra Coelho.

Al preparar esta ponencia sobre el Proceso de Beatificación de Mons. Sebastián Gayá Riera, he repasado una vez más los orígenes y el nacimiento de nuestro querido Movimiento de Cursillos de Cristiandad, y me brotaba del corazón una acción de gracias a Dios por su amor inmenso, porque se ha ido revelando progresivamente al género humano y ha entrado de un modo definitivo en la historia enviando a su Hijo, culminación y plenitud de la revelación y redentor del género humano. Nuestro Señor Jesucristo, después de llevar a cabo el misterio pascual, instituye su Iglesia y envía a los Apóstoles a predicar el Evangelio. El tiempo que sigue a la Ascensión del Señor es el tiempo de la Iglesia, que realiza su misión en virtud de los carismas que el Espíritu Santo va suscitando a lo largo de la historia según las necesidades de cada momento concreto.

El Movimiento de Cursillos de Cristiandad es uno de estos carismas que el Espíritu Santo ha suscitado en orden a la edificación de la Iglesia y a la evangelización del mundo. Surgió en Mallorca en la década de los años 40 del pasado siglo tras una maduración que duró varios años a través de la preparación de la peregrinación de los Jóvenes de Acción Católica a Santiago de Compostela, que tuvo lugar en el mes de agosto de 1948.

Nace en una época caracterizada por un cierto florecimiento religioso, pero en la que se podía detectar un déficit en la interiorización de la práctica religiosa y en el testimonio de la fe, así como en la transformación de las estructuras. En aquellos momentos surge un grupo de jóvenes de Acción Católica en Mallorca que perciben y señalan la falta de coherencia entre la fe y la vida, la falta de autenticidad y la consecuente falta de vitalidad. Según ellos, se está cayendo en el conformismo y la inoperancia apostólica. Jóvenes de corazón insatisfecho e inconformista, jóvenes idealistas y creativos.

Un factor providencial será el marco que aglutine ese caudal de energías: La peregrinación a Santiago de Compostela. Las actividades preparatorias de dicha peregrinación propiciarán esa sinergia de corazones, mentes, experiencias, contenidos, gracia de Dios, y sobre todo, el soplo del Espíritu Santo. Nace así el Cursillo de Cristiandad y nace el Movimiento de Cursillos de Cristiandad: un método y un movimiento de evangelización que se sitúan en el ministerio profético de la Iglesia, en el ministerio de la palabra, más concretamente, en la proclamación del kerigma, y que tienen como nota específica la evangelización de los ambientes.

El Estatuto del Organismo Mundial del Movimiento de Cursillos de Cristiandad (OMCC) recoge que “de este grupo de iniciadores tuvieron parte muy importante sobre todo laicos guiados por Eduardo Bonnín Aguiló, además de varios pastores, entre los que se encontraban el entonces Obispo de Mallorca, Mons. Juan Hervás Benet, y el sacerdote Mons. Sebastián Gayá Riera”[1].

Del proceso de beatificación de nuestro buen amigo Eduardo ya hemos tenido la presentación. Me toca ahora presentar el de don Sebastián Gayá. De momento, estos son los pasos:

  • Hemos partido de su Fama de Santidad, imprescindible para comenzar la Causa. Las Causas siempre se inician a petición del pueblo de Dios, que considera santa a alguna persona.
  • El Ente promotor o Parte actora de la Causa es el Secretariado Diocesano de Cursillos de Cristiandad de la Archidiócesis de Madrid y la Fundación Sebastián Gayá.
  • La Parte actora ha nombrado una postuladora, responsable de llevar a cabo las gestiones pertinentes de la Causa en su nombre.
  • La Causa se instruirá en la archidiócesis de Madrid, lugar en que don Sebastián ejerció su ministerio sacerdotal la mayor parte de su vida.

Dicho lo cual, intentaré dibujar una semblanza humana y espiritual con siete trazos.

 

  1. Una vida fundamentada en Cristo

Su gran ideal es Cristo. En su libro Reflexiones para cursillistas de cristiandad, que es como el autorretrato de su alma, dedica el capítulo primero a hablar de El ideal. Lo describe como “el objetivo cumbre que un hombre se marca en la vida”[2], como la vida de su vida, lo que llena su corazón[3]. El ideal da contenido a la vida, da ilusión en el trabajo y da temple ante el dolor[4]. Es algo tan grande y tan fuerte, que “todo lo puede quien tiene un ideal”[5]. Más adelante se pregunta sobre cuál es “nuestro ideal”, y no responde con sus propias palabras, sino que prefiere hacer suyo un texto precioso del beato Pablo VI: “Cristo es la cumbre de las aspiraciones humanas, término de nuestras esperanzas y oraciones, el foco de los deseos de la historia y de la civilización, es decir, el Mesías, el centro de la humanidad (…)”[6].

Posteriormente se pregunta por “mi ideal”, es decir, el suyo, el de Sebastián. Esta es la respuesta: “¿Mi ideal? Quisiera que fuera éste: ser santo, santificando a mis hermanos. Lo cual significa: ser santo para poder santificar a los demás, y ayudar a santificar a los demás para así hacerme santo. Hacer de mi vida, con todas sus cosas, sus luchas y sus baches, un eterno peregrinar de santidad. Y «peregrinar -ya lo sabes- es caminar por Cristo hacia el Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María, llevando consigo a los hermanos»”.[7]

Nuestro Señor Jesucristo era el fundamento de la vida de Sebastián. Su existencia estaba construida con Cristo y sobre Cristo, que era la roca, el cimiento que le daba consistencia y firmeza. La unión con Cristo le permitió superar las contrariedades e integrar sus deseos y proyectos desde una relación personal con el Señor, de discipulado y de amistad. La Hora Apostólica, de la Guía del Peregrino, compuesta por él, expresa esa relación de corazón a corazón y también la fuerza del envío misionero. Al rezarla de rodillas, junto al sagrario, en compañía de los hermanos, uno se siente transportado a la intimidad del cenáculo, a los pies de la cruz y al encuentro con el Resucitado que nos envía como él ha sido enviado por el Padre. Un texto bello y profundo que refleja el deseo de conocer, amar, ayudar a Jesucristo, de sufrir por él, de vivir en él y anunciar su mensaje:

«Queremos ser tuyos, Señor, los tuyos de veras: los que no duden, los que no titubeen, los que no se desalienten, los que no conozcan las medias tintas ni las posturas ambiguas; los que lo den todo antes que alejarse de Ti […] Te rogamos que nos ENSEÑES, que nos FORMES, que nos VENZAS, y nos ENCIENDAS en santa valentía y en afanes apostólicos […] En esta Hora Apostólica permanecemos al pie de tu Cruz, con la Madre y Señora, como San Juan, el apóstol de la invencible fidelidad. […]. En firme vigilia rodeamos TU CRUZ sacrosanta para acompañarte en tu hora suprema; para orar contigo por la Iglesia; para ofrecernos contigo como víctimas; para compartir tus dolores y anhelos; para consolarte agonizante en la Cruz y consolarte en las presentes angustias de la Iglesia».

El día de su Ordenación sacerdotal, Sebastián escuchó de labios del Obispo unas palabras de exhortación a configurar su vida con el misterio de la cruz del Señor, palabras que quedaron grabadas a fuego en su mente y en su corazón. Su existencia se desarrolló bajo ese misterio de la cruz: experimentó la cruda realidad de la pobreza y la emigración en una edad muy temprana, así como la soledad en su adolescencia y juventud; formaron parte de su cruz los estragos del tiempo de la República y de la Guerra Civil y también las estrecheces de la postguerra; asimismo fueron crucificantes las destituciones de sus cargos en el pontificado del obispo Jesús Enciso en Mallorca o las humillaciones que padeció posteriormente en el seno mismo del Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

Pero su unión con Cristo, que se alimentaba en la oración, especialmente en la Santa Misa, en la liturgia, en la Palabra de Dios, era más grande, y en ella hallaba la fuerza para cargar con la cruz. Como san Pablo, una y otra vez escuchaba la respuesta del Señor: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad» (2Cor 12, 9). La unión con el Señor le daba la fuerza para aceptar las circunstancias dolorosas de su vida, asumiéndolas siempre con paciencia y alegría, incluso con sentido del humor y una estabilidad de ánimo que eran la consecuencia de una vida cimentada en Cristo. De esa forma, podía también repetir como el santo Patrón de los Cursillos: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4, 13).

 

  1. En manos de la Providencia del Padre

Jesús exhorta a sus discípulos a confiar en la providencia de Dios, en el amor del Padre celestial que alimenta a las aves del cielo, viste a los lirios del campo y conoce todas nuestras necesidades (cf. Mt 6, 24-34). Una confianza en la Providencia que no exime de la lucha, del trabajo y las ocupaciones de una vida responsable, pero que libera del agobio, de la excesiva preocupación por las cosas materiales y también del miedo respecto del mañana. El cristiano se ha de distinguir por una absoluta confianza en el Padre del cielo. En este sentido, mi recuerdo de Sebastián es la imagen de un hombre sereno que vivía en esa confianza filial.

Vino al mundo en Felanitx (Mallorca), el 30 de julio de 1913 y fue bautizado al día siguiente en la parroquia de San Miguel. Cuarenta días más tarde su madre lo consagró a la Virgen en el santuario de San Salvador. Cuando contaba seis años, la familia emigró a Argentina y estableció su residencia en las ciudades de Mendoza y Buenos Aires. A los 12 años siente la llamada al sacerdocio y antes de cumplir los 13 regresa a Mallorca para ingresar en el Seminario, viviendo en aquellos años bajo la tutela de su tío sacerdote Bartolomé Gayá. El regreso duró 16 días de travesía del océano Atlántico en la cubierta de un barco italiano, el Conte Verde, sin familia ni amigos y que recuerda con la clara certeza de que Dios puso en él las fuerzas para poderlo realizar[8].

Los años de seminario son duros por muchos motivos, especialmente por la distancia que le separa de sus padres y hermanos, con los que mantiene un contacto epistolar. Conoce la situación de su familia y sufre por  las dificultades económicas que atraviesa así como por distintos problemas de salud; por otra parte, su tío Bartolomé fallece pocos días antes de su ordenación sacerdotal, lo cual también será para él un duro golpe. Pero no se rebela, sino que a pesar de las dificultades y sufrimientos, es capaz de percibir el amor de Dios, que le ayudaba a fortalecer su espíritu: «Dios me probaba, Dios me probaba, Dios me quería fuerte y yo era débil; yo era muy débil, pero Dios me quería fuerte»[9].

A lo largo de su vida son constantes las actitudes de paciencia, fortaleza en las pruebas y confianza serena. Fue llegando al convencimiento de que cuando el hombre se fía de Dios, la Providencia convierte los obstáculos en medios; en cambio, cuando el hombre se fía de sí mismo, los medios suelen acabar convirtiéndose en obstáculos[10]. Refiriéndose a la logística y el catering que les proveía de alimento y bebida en la peregrinación a Santiago de agosto de 1948, afirmaba que seguramente en la actualidad los servicios públicos de salud de nuestras administraciones no los permitirían de ningún modo. Pero por encima de todo, concluye que en aquella peregrinación a Santiago se veía claramente la mano de Dios[11].

Su experiencia de la Providencia de Dios le llevaba no sólo a superar las dificultades, sino a mantener una actitud de audacia, consciente de que lo que es imposible a los hombres, es posible para Dios (cf. Lc 18,27). En sus reflexiones para cursillistas insistirá en que Dios permite las dificultades para que sean vencidas, para hacernos grandes, para hacernos mejores[12]. «Sin audacia —dirá— no hay iniciativa posible. […] es requisito indispensable en nuestras iniciativas apostólicas. A los audaces les ayuda Dios»[13].

En distintos momentos de su vida tuvo que superar desde penalidades físicas y enfermedades –de todos era conocida su “mala salud de hierro”- hasta destituciones en el seno mismo de la Iglesia. A pesar de todo, siempre una constante: el amor a la Iglesia, la fidelidad incondicional a la Iglesia. Más aún, para los momentos en que la tristeza y el desaliento se le hacían presentes en el peregrinar, compuso el «salmo de la alegría» cuyo versículo final es todo una manifestación de su abandono confiado en las manos del Padre: «Bendito seas, Señor, cuando me hiere Tu mano, porque una mano de Padre siempre acaricia»[14].

Una mano de Padre que acaricia y abre nuevos caminos. Por eso el año 1956 fue llamado a Madrid para incorporarse a la Dirección de Operaciones de la Comisión Católica de Migraciones, desde la que impulsó la expansión internacional del Movimiento de Cursillos. Más adelante, el 12 de julio de 1962, la Conferencia de Metropolitanos Españoles creó el Secretariado Nacional de Cursillos de Cristiandad y Monseñor Hervás, Director del mismo, solicitó su colaboración como Vicedirector. Se dedicó desde entonces en cuerpo y alma al MCC con innumerables servicios, colaborando en centenares de Cursillos de Cristiandad con muchos miles de participantes, en la archidiócesis de Madrid y en otras diócesis de España y del mundo.

 

  1. Bajo el aliento del Espíritu

Decíamos en la introducción que la Iglesia realiza su misión evangelizadora en virtud de los carismas que el Espíritu Santo va suscitando a lo largo de la historia. No cabe duda que el Movimiento de Cursillos de Cristiandad significó una irrupción del Espíritu Santo en la Iglesia y en la sociedad del siglo XX. El Espíritu Santo ocupa un lugar fundamental también en la vida y en la espiritualidad de Sebastián. Él entiende su vida como una peregrinación, como un «caminar con Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos»[15].

Uno de los episodios de su vida que más llama la atención es el de la vuelta a Mallorca para ingresar en el Seminario. Deja a sus padres y hermanos con doce años, se embarca en una nave italiana en la que no conocía a nadie y padece una soledad terrible durante 16 días. A pesar de la nostalgia de su familia, es consciente de que ha puesto la mano en el arado respondiendo a la llamada del Señor y no debe volver atrás[16]. Cuando se le pregunta cómo es posible que un niño de 12 años mantuviera tal firmeza y determinación, responde sin titubeos: “Gran parte fue la fuerza del Espíritu (…). Creo en el Espíritu, y creo que toda la fuerza que yo tenía no podía venir de mis años, ni de mis condiciones, ni de mis talentos, ni de mis cualidades. No, sencillamente venía de la fuerza del Espíritu”[17].

Sebastián comenzaba siempre las reuniones de la Escuela de Dirigentes con la invocación al Espíritu Santo. No era simplemente una forma de comenzar, entre otras posibles, porque de alguna manera había que comenzar; él era muy consciente de que es el Espíritu Santo el Maestro interior que formaba a aquellos dirigentes. Por eso les enseñaba a acogerlo como guía del alma que los adentraría en el misterio de la Santísima Trinidad, llenando su corazón y encendiendo el fuego de su amor, que los renovaría interiormente, que les ayudaría a vivir la fe en plenitud i los impulsaría a ser  testigos del amor de Dios. Por otra parte, era un entusiasta de la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, particularmente del último capítulo, que trata de las características del evangelizador, y señala como la primera el «trabajar bajo el aliento del Espíritu Santo»[18].

Tenía la clara conciencia de que el Movimiento de Cursillos de Cristiandad nació por inspiración del Espíritu Santo, de que es obra del Espíritu Santo. A partir de este principio fundamental, se refería a las personas más significativas de aquella hora en la misma línea que recoge el Estatuto del Organismo Mundial de Cursillos de Cristiandad[19]: un grupo de jóvenes laicos, apóstoles comprometidos y fieles, liderados por Eduardo Bonnin; acompañados y formados por algunos sacerdotes, que el mismo Sebastián coordinaba; bendecidos y alentados por Mons. Juan Hervás, el obispo diocesano. Su respeto a la acción del Espíritu Santo era tan reverencial, que en cierta ocasión, al referirse a los cambios e innovaciones, declaró que «así como lo tenemos ahora sugirió el Espíritu Santo esta fórmula de los Cursillos de Cristiandad para la evangelización del hombre de hoy. Por tanto, con mucho cuidado, con muchísimo cuidado, hay que proceder a esa renovación, que muchas veces consistirá más bien en cosas de léxico que en contenido sustancial»[20].

El año 2004 le hicieron una serie de entrevistas sobre su vida y sobre el Movimiento de Cursillos de Cristiandad, y quiso que constasen unas anotaciones previas, de las cuales la tercera dice así: “no puedo ocultar que, en los distintos pasos de mi vida, he sentido el paso del Espíritu y que, por tanto, si algo bueno hay en esa vida -no sé lo que pueda ser; pero, mirando a mi alrededor, veo muchas cosas que se han puesto en movimiento, otras que no se han puesto en movimiento y deberían haberse puesto- y veo en ello también la “acción discreta” del Espíritu que me ha conducido en los distintos pasos principales de mi vida, de los cuales yo no tengo mérito alguno, ni algo que se le pueda parecer”[21]. Desde la sabiduría acumulada a sus 90 años, en la recta final de su existencia, con la lucidez y la sencillez que le caracterizaban, declara con rotundidad que ha sentido el paso del Espíritu por su vida y cómo el Espíritu Santo le ha conducido en los momentos más importantes.

 

  1. Su celo por la evangelización

Sebastián regresó a Mallorca para ingresar en el Seminario. Allí le esperaba su tío Bartolomé, un sacerdote muy exigente, que sin duda profesa un gran amor a su sobrino, pero que le somete a un ritmo tremendamente exigente de estudio y formación. Fueron años muy fructíferos, pero no exentos de dificultades y de soledad[22]. De su tío destaca un profundo sentido del trabajo y una particular vivencia de la caridad pastoral, que influyeron en la vida del adolescente y joven Sebastián. También él fue un trabajador incansable, con determinación y con un profundo amor al trabajo. Fue muy exigente consigo mismo, pero a la vez muy respetuoso con los demás. Motivaba, contagiaba su laboriosidad a través del ejemplo; pero no pretendía que los demás siguieran su ritmo. En su trato con los demás era comprensivo y afable, propiciando una amistad sincera y duradera.

Consciente de lo importante que es aprovechar el tiempo para hacerlo fructificar, se apuntó al servicio militar como voluntario para que no se retrasase su ordenación sacerdotal. Apenas fue licenciado como soldado estalló la guerra civil y fue llamado de nuevo a filas hasta que finalizó la contienda. Su ordenación sacerdotal tuvo lugar el 22 de mayo de 1937, en plena Guerra Civil. Fue dispensado del servicio de armas y destinado como capellán al batallón de Ingenieros, en el que ejerció su apostolado castrense. Allí descubrió su vocación al trabajo pastoral con los jóvenes. Creó seis centros de Acción Católica y se entregó al apostolado con tal eficacia que muchos de aquellos jóvenes al acabar la guerra se integrarán en los centros de Acción Católica de las parroquias a las que pertenecían.[23].

Al finalizar la guerra se dedica a visitar esos centros de jóvenes con frecuencia, hasta el punto de que su vida queda casi totalmente consagrada a la pastoral de juventud, tanto en Palma como en los distintos núcleos urbanos de la isla, y a partir de su experiencia sacerdotal entre los soldados de aquel batallón, se decide por el trabajo con los jóvenes de Acción Católica. Por otra parte, será nombrado profesor en el Seminario y también de bachillerato y de los universitarios. Es elegido director de los colegios Luis Vives y Cervantes. Trabaja asimismo en la gran misión de Palma, y sobre todo en los centros de Acción Católica y el Consejo Diocesano de los Jóvenes, que estaba preparando la gran Peregrinación a Santiago de Compostela[24].

Con la finalidad de formar cristianamente a aquellos grupos de jóvenes que aumentaban sin cesar y que estaban necesitados de dirigentes seglares, creó en 1944 la Escuela de Propagandistas del Consejo Diocesano de Jóvenes de Acción Católica. Más tarde, en 1947, es nombrado Consiliario Diocesano de Acción Católica para los Jóvenes. También se le nombrará Delegado Episcopal para la Peregrinación a Santiago de Compostela. Finalmente, en diciembre de 1947, don Juan Hervás le nombra Canciller Secretario de Cámara y Gobierno del Obispado de Mallorca.

La Peregrinación a Santiago tuvo lugar en agosto de 1948 con la participación de más de 70.000 peregrinos. La delegación mallorquina se fue preparando a conciencia durante los años precedentes ya que todos los acontecimientos diocesanos se realizaron desde una perspectiva de peregrinación. Por otra parte tuvieron particular importancia una serie de artículos escritos por don Sebastián en la revista Proa bajo el título Etapas de un peregrinar, junto con una Carta Pastoral que el obispo diocesano Mons. Juan Hervás dirigió a los jóvenes.

Las andanzas de los 700 peregrinos mallorquines son narradas por la revista Proa[25] en el número de septiembre-octubre de 1948. Cuando vuelven a Mallorca se les dispensa un recibimiento multitudinario y don Sebastián dirige unas palabras desde el balcón del ayuntamiento. Será un resumen certero, sintetizando el sentido de la peregrinación y la proyección de futuro: «Fuimos a Santiago 700 peregrinos. Volvemos 700 apóstoles para iniciar la marcha de la conquista sobre la juventud»[26].

La portada de este número de la revista Proa contiene dos editoriales muy significativos. Uno titulado Cara al ayer firmado por el Presidente diocesano, Eduardo Bonnín, en el que da las gracias a cuantos colaboraron en la realización de la peregrinación. El otro, titulado Cara al mañana, firmado por el Consiliario diocesano, que plantea la proyección de futuro, porque Santiago no era una meta final sino un punto de partida. Ha llegado el momento de proyectar hacia el mañana la gracia recibida y vivida aplicándose con generosidad al apostolado[27]. Una vez más queda reflejado el objetivo pastoral de don Sebastián, su afán: la evangelización.

 

  1. Mansedumbre y humildad de corazón

Sebastián comenzaba las reuniones de la Escuela de dirigentes con la invocación del Espíritu Santo y el rezo de la Oración de la Humildad. No era por casualidad, y según sus propias palabras, “cuando en el rollo de Dirigentes hablábamos de las virtudes sobrenaturales, hablábamos de fe, Esperanza, caridad, ¡y Humildad! Es decir que, desde el principio, hemos visto que la Humildad es fundamental -por lo que te estaba diciendo antes- que es el Espíritu Santo el que dirige a las almas, no las modela fulanito de tal y el otro… ¡no! El otro ayuda al Espíritu Santo, a que venga a dirigir a aquella alma; y, por lo tanto, cuanto menos un dirigente se crea alguien, es más alguien dentro de la Iglesia. Cuanto menos él es, más Dios es en él; y ese es el sentido de la virtud de la Humildad: sin Humildad no hay virtudes”[28].

En su libro Reflexiones para Cursillistas de Cristiandad[29] tiene un capítulo dedicado a las “Cualidades sobrenaturales del dirigente”, con un apartado sobre la humildad. Arranca con una cita que es el pórtico general y que presenta la definición que Cristo, el “Señor de los señores”, hace de sí mismo: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20, 28), y subraya que toda la vida de Jesús fue un acto de servicio. Vino a dar y a darse, vino a servir. Es más, estableció como principio que “el que se ensalzare será humillado y el que se humillare será ensalzado” (Mt 23, 12).

Después recurre a san Pablo para expresar que llevamos la virtud, la gracia recibida de Dios, en vasos de barro. Como nuestro Santo Patrón, también hemos de ser conscientes de que somos siervos inútiles, de que es el Señor quien obra las maravillas a través de nosotros, de que somos vasijas de barro en las que el Señor ha depositado la fuerza de su gracia. Por eso las dificultades, la cruz, las persecuciones, los sufrimientos, nos hacen crecer en humildad y confianza en el Señor, conscientes de que no hay motivo para el orgullo, porque “toda dádiva buena y todo don perfecto desciende del Padre de las luces” (St. 1, 17)[30].

Pero he aquí que la humildad se convierte ante Dios en omnipotencia porque nos asegura el apoyo divino. Ahí tenemos el ejemplo de María y el Magníficat. Dios quedó complacido de la humildad de María, que encontró gracia a sus ojos y llegó a ser la Madre de Dios. Nuestra humildad provoca en el Señor una gran magnanimidad. Todo el canto del Magnificat se caracteriza por la humildad y por la confianza en Dios. Es un canto de alabanza y de acción de gracias en el que se manifiesta que el Señor de la historia se pone de parte de los más pequeños, de los últimos, de los humildes, de Israel, su siervo, de la comunidad del pueblo de Dios que, como María, está constituida por quienes son pobres, puros y sencillos de corazón[31].

La virtud de la humildad es imprescindible para llevar a cabo un trabajo eficaz de colaboración así como para el desarrollo de un diálogo fecundo en la búsqueda de la verdad; en las relaciones con los demás es preciso vivir la actitud de precursor, la de Juan el Bautista: “Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30). Toda la grandeza del Bautista le viene de su humildad. Asume su papel, que en un momento dado es de gran protagonismo, y prepara el camino al Señor, pero cuando ve aparecer a Jesús, le señala como Mesías y desaparece de la escena. La humildad es la virtud que aporta solidez y firmeza desde el ocultamiento y la discreción, como los cimientos que sostienen el edificio[32].

En relación al fruto, destaca que no somos nada ni podemos nada (cf. I Cor 3, 7). También subraya que la humildad nos hace como niños (cf. Mt 18, 3). Para alcanzar cimientos sólidos de humildad, hay que pedirla al Señor en la oración[33]; con esa oración que él recitaba tantas veces y con la que comenzaba la Escuela de Dirigentes. Por otra parte, sólo se puede crecer en la humildad a base de humillaciones, y así sucedió en su vida. Humillaciones, incomprensiones, destituciones, marginaciones. Así fue especialmente el año 1955, cuando el fruto de sus trabajos estuvo en serio peligro de aniquilación, él fue apartado de sus cargos principales y le tocó padecer la arbitrariedad y la injusticia.

Toda su existencia rezumaba mansedumbre y humildad en su relación con Dios a través de una fe profunda y una confianza inquebrantable. También vivía la humildad en la relación con los hermanos. Duro y exigente consigo mismo y a la vez paciente y comprensivo con los demás. Hasta tal punto llevó a la práctica la humildad que muchos escritos suyos no llevan la firma que les corresponde; escritos tan importantes y emblemáticos como la misma Hora Apostólica. Desde esta actitud entiende su misión en el Movimiento de Cursillos de Cristiandad y en la Iglesia.

 

  1. Pedagogo y maestro de vida

La vida de Sebastián estuvo muy vinculada a la enseñanza y a la formación de las personas. Cuando acaba la guerra es nombrado profesor en el Seminario, en centros de bachillerato y de universitarios. Será elegido director de los colegios Luis Vives y Cervantes. Por otra parte, creó en 1944 la Escuela de Propagandistas del Consejo Diocesano de Jóvenes de AC. El Señor le había dotado de una penetración psicológica que le hacía conocer el corazón humano, y también destacaba por su notable empatía. Pero sobre todo, el Señor lo había colmado de ilusión y esperanza. Una ilusión contagiosa y expansiva, que se traducía en un sentimiento de alegría y satisfacción por la esperanza de acercar a las personas a Cristo. Para él, “la ilusión por la conquista de las almas es el don de creer en todos los dones. Todo lo puedes con la gracia de Dios”[34].

En el ámbito de la pedagogía hay un principio conocido como el efecto Pigmalión que aplicaba con maestría: la forma en que tratamos a los demás está influida por las expectativas que hemos depositado en ellos; y al mismo tiempo, su progreso responde en buena medida a dichas expectativas. Por eso es tan importante confiar en las personas, porque de esta manera se hace una llamada a la superación, al cambio, a la conversión. En el fondo, esta es la pedagogía que el Señor utiliza en el Evangelio cuando nos llama a la perfección: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (cf. Mt 5, 48). Sebastián la usaba con maestría, desde un respeto exquisito a la libertad, sin imposiciones de ningún tipo, ayudando a cada persona a desarrollar todas sus potencialidades y buscando siempre la voluntad de Dios.

A lo largo de su vida formó y acompañó a multitud de personas, procurando vivir las actitudes de Jesucristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10, 14). Eso significaba conocer a cada uno, en su situación concreta, haciendo gala de una gran capacidad de escucha, dedicándoles tiempo y energías. Un conocimiento que liberaba y suscitaba la confianza. Significaba también una guía, un conducir a cada persona, con su circunstancia y su historia por caminos seguros, hasta la vida en abundancia. Procurando congregar en la unidad y dando la vida por el Movimiento de Cursillos de Cristiandad, por la Iglesia, por la conversión del mundo, con una entrega generosa, con un trabajo “a destajo”, con un celo evangelizador que lo impregnaba todo.

A su lado se aprendía continuamente tanto de su palabra como de su ejemplo. Era una persona de mente bien estructurada cuya vida y actividad se caracterizaban por la organización y la planificación. Tenía la capacidad de coordinar los recursos, las acciones y los ritmos de manera que se pudieran alcanzar los fines propuestos. Por otra parte, unía a sus dotes de organización una gran visión de conjunto y de futuro que le permitía captar los datos relevantes, llegar a una síntesis de la situación y tomar después las decisiones correctas. De esta forma podía dar respuesta a los retos que se iban presentando.

Era un privilegio trabajar en equipo con él. No es fácil el trabajo en equipo, porque se requiere dejar al lado todo tipo de protagonismos y trabajar en un objetivo común. Es muy importante que se cuente con un liderazgo efectivo, que se propicie una comunicación fluida y también que el ambiente de trabajo sea armónico, promoviendo la participación de todos los miembros del grupo. ¡Cuánto hemos aprendido en los equipos de Cursillos junto a Sebastián! Ha sido un regalo trabajar con él y ver cómo se situaba y desarrollaba la función que le correspondiera, tanto si ocupaba un rol de liderazgo manifiesto como si era un miembro más del equipo.

También lo recuerdo como un buen conversador, que ponía en práctica el arte de dialogar. Sabía escuchar al otro y procuraba entender su punto de vista y reconocer lo que tuviera de verdad y de razón en sus opiniones. A la vez exponía su visión personal de las cosas con seguridad y vivacidad, con convicción profunda, aunque estuviera dispuesto a matizarla si fuera necesario. En todo momento generaba un clima de amistad, de familia, en el que todo el mundo se sentía bien, en el que nadie se sentía incómodo. Consciente de que la vida del peregrino es una vida en comunidad, en familia, una vida en Iglesia[35].

 

  1. Mantener la unidad

Llegamos al último trazo. Sebastián era firme y claro en sus criterios y convicciones, pero sin rigidez. En las relaciones personales procuraba no levantar barreras, sino tender puentes, merced a su carácter afable y conciliador. Tenía una facilidad innata para conseguir que los miembros de un equipo de trabajo o de reflexión entendieran los objetivos comunes y se aplicaran para conseguirlos. Don Juan Capó, en su libro Pequeñas historias de la historia de Cursillos de Cristiandad, hace un retrato entrañable y certero recordando los primeros tiempos de la Escuela de Dirigentes: «Don Sebastián impulsó dinamismo juvenil, alentó una mística de acción y de entrega. Impulsó y comprendió. Compartió y estuvo o en la raíz o en la avanzadilla de todo lo que se intentó de fecundo entre la juventud de entonces de Mallorca […] Recuerdo cómo miraba, intenso y callado, cuando se discutía. Cómo presidía las reuniones del primer esbozo de Escuela de Profesores. Era por la noche, a última hora… Escuchaba; intervenía, equilibraba, enderezaba, pero sobre todo encontraba la palabra de síntesis»[36].

Así era Sebastián. Equilibraba, enderezaba, y encontraba una palabra final de síntesis para sumar las capacidades y aportaciones de todos, procurando conservar siempre la unidad. Fue una constante en su vida. El dos de diciembre de 2006 fui a Mallorca para hacerle una visita y pude compartir con él una jornada inolvidable. En un momento dado, le pregunté con toda la intención si tenía algún consejo último, alguna recomendación que quisiera expresar para el Movimiento de Cursillos. El respondió con decisión: «Mantened la unidad». La respuesta había sido alta y clara, pero quise asegurarme de que no era una respuesta momentánea y se lo pregunté dos veces más en distintos momentos y con cierta solemnidad. La respuesta fue exactamente la misma: «Mantened la unidad». Su respuesta revela otra prioridad en su espiritualidad y en su vida, que nos remite a la oración de Jesús en la última cena: «Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn, 17,21).

Entre la imagen que describe don Juan Capó y la conversación que mantuvimos en diciembre de 2006 han pasado aproximadamente 60 años. Pero su vivencia y su criterio son los mismos. Fijémonos en dos textos al respecto. El primero está recogido en su libro Reflexiones para Cursillistas de Cristiandad, en que se refiere a la unidad a partir de una cita del papa Pablo VI, extraída de la alocución que el papa Montini pronunció el 2 de septiembre de 1964. Dice así:

“QUE ESTUPENDAMENTE lo ha dicho Pablo VI: «Sólo hay problemas insolubles cuando se está dividido» (…) Aunaos, estudiad las cosas, buscad la manera de ayudaros… No os dividáis, no os opongáis los unos a los otros, sabed transigir en lo secundario en favor de lo esencial, amad fervientemente la responsabilidad asociada para conseguir la unión, la concordia, la fusión de los ánimos»”[37].

El segundo texto es de 1992,  publicado en Testimonio, Boletín del Organismo Mundial de Cursillos de Cristiandad, en un artículo en el que habla del Asesor (consiliario) del Movimiento de Cursillos. Señala cinco características: Testigo auténtico de lo Absoluto, administrador de los misterios de Dios, educador de la fe, forjador de unidad y servidor de la comunidad. Así describe la misión que el consiliario tiene como Forjador de Unidad:

“Todo en la Iglesia gira en torno a la Unidad. Todo en Cursillos se basa en la Unidad, nacida de la amistad que trasciende. Habrá que zanjar las escisiones, huir de los aislamientos, superar los protagonismos, implantar la afectuosa ley del diálogo… Y el polarizador de esta Unidad en la amistad habrá de ser aquel que ha sido constituido pastor de muchas ovejas por el Pastor del único rebaño, del Pueblo de Dios”.

Podemos decir que el testamento que nos dejó fue la llamada a mantener la unidad. Recordemos que a la vuelta de la peregrinación a Santiago, el 3 de septiembre de 1948, desde el balcón del Ayuntamiento de Palma de Mallorca, en la Plaza de Cort, Sebastián dirigió unas palabras en medio de la euforia general sintetizando el espíritu de aquel momento: “si durante años nuestra consigna fue “A Santiago, santos”, a partir de ahora que sea esta otra: “Desde Santiago, santos y apóstoles”. Yo me permito recomendar de su parte un complemento: “Desde Santiago, santos, apóstoles y unidos”. Unidos para poder ser creíbles en la misión, unidos para poder avanzar en el camino de la santidad.

 

Final

Cuando la Santa Madre Iglesia canoniza a uno de sus hijos, proclama solemnemente que ha seguido de cerca el ejemplo de Cristo, y ha dado un testimonio luminoso con el derramamiento de su sangre en el martirio o ha practicado las virtudes en grado heroico, respondiendo con fidelidad a la gracia de Dios. La Iglesia los propone como ejemplo porque han sobresalido sobre todo por el ejercicio de la caridad, y de las demás virtudes evangélicas.

Nosotros hemos contemplado el testimonio de fe, esperanza y caridad de don Sebastián Gayá, su amor y fidelidad a la Iglesia, su audacia y  humildad. Somos testigos de que permaneció firme en el surco en que fue depositado, dando un fruto abundante de santidad, evangelización y comunión. Por eso promovemos su canonización, conscientes de que será un ejemplo luminoso para el Movimiento de Cursillos de Cristiandad, para la Iglesia y para el mundo. A su intercesión nos encomendamos para mantener vivo y operante el carisma que el Señor concedió a su Iglesia por medio de los que iniciaron el Movimiento de Cursillos de Cristiandad. ¡De colores!

Fátima (Portugal), 7 de mayo de 2017

+José Ángel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

y Presidente de la Fundación Sebastián Gayá

[1] Estatuto del Organismo Mundial del Movimiento de Cursillos de Cristiandad (OMCC), n. 3

[2] SEBASTIÁN GAYÁ, Reflexiones para cursillistas de cristiandad, Madrid 2009, p. 34

[3] Cf. Reflexiones, p. 34-35

[4] Ibidem, p. 38

[5] Reflexiones,  p. 38

[6] Pablo VI, Alocución en la Audiencia General, 3 de febrero de 1968, citado en la p. 41 de Reflexiones

[7] Reflexiones, p. 43.

 [8] Entrevista Paco Sanz II, 13.

[9] Ibidem, III, 32-35.

[10] Cf.  Reflexiones, p. 195.

[11] Cf. EPS II, IV, 21-26.

[12] Cf. Reflexiones, p. 235.

[13] Ibidem, 150.

[14] Ibidem, pp. 128-129.

[15] Ibidem, p. 43.

[16] Cf. EPS, I, 78-81.

[17] EPS, II, 29.

[18] Cf. Ibidem, V, 95-99; PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi n. 75.

[19] Cf. Estatuto del Organismo Mundial de Cursillos de Cristiandad (OMCC), n. 3, Ciudad del Vaticano, 30 de mayo de 2004.

[20] EPS, VIII, 34-35.

[21] Ibidem, I, 2.

[22] Cf. EPS, III, 14-18.

[23] Cf. MARIVÍ GARCÍA, Conversaciones con Sebastián Gayá, Madrid 2005, pp. 46-47.

[24] Ibidem

[25] Proa, nn. 118-119, septiembre-octubre 1948.

[26] Ibidem, p. 10.

[27] Cf. Ibidem, p. 1.

[28] EPS, V, 95-99.

[29] Cf. Reflexiones, pp. 218-231.

[30] Cf. Ibidem, pp. 218-219.

[31] Ibidem, pp. 219-220.

[32] Ibidem, pp. 221.225-226.

[33] Cf. Reflexiones, pp. 226-227.

[34] Reflexiones, p. 128.

[35] Cf. Proa, n. 91, junio de 1946, pp. 3-4.

[36] JUAN CAPÓ, Pequeñas historias de la historia de Cursillos de Cristiandad, pp. 35-36, Madrid 1970.

[37] Reflexiones, p. 116